viernes, 5 de noviembre de 2010

Una competición de sapos

En un lejano pueblo se organizó una carrera de sapos, con el objetivo de alcanzar llegar a lo alto de una gran torre.
Había en el lugar una gran multitud. Mucha gente para vibrar y gritar por ellos. Comenzó la competencia.
Pero como la multitud no creía que pudieran alcanzar la cima de aquella torre, lo que más se escuchaba era:
- ¡Que pena! Esos sapos no lo van a conseguir... no lo van a conseguir...
Los sapitos comenzaron a desistir. Pero había uno que persistía y continuaba subiendo en busca de la cima.
La multitud continuaba gritando:
- ¡Que pena!! Ustedes no lo van a conseguir...
Y los sapitos estaban dándose por vencidos, salvo aquel sapito que seguía y seguía tranquilo, y ahora cada vez más con más fuerza.
Ya llegando el final de la competición todos desistieron, menos ese sapito que curiosamente en contra de todos, seguía. Llegó a la cima con todo su esfuerzo.
Los otros querían saber qué le había pasado. Un sapito le fue a preguntar cómo él había conseguido concluir la prueba.
Y descubrieron que... ¡Era sordo!

Reflexión:
¡No permitas que personas con pésimos hábitos de ser negativos derrumben las mejores y más sabias esperanzas de tu corazón!
Recuerda siempre el poder que tienen las palabras que escuchas o veas.
Por lo tanto, preocúpate siempre de ser ¡POSITIVO!Moraleja: Sé siempre SORDO cuando alguien te diga que no puedes realizar algún sueño.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

¿Cómo va a ser tú día hoy?

Esta mañana desperté emocionada con todas las cosas que tengo que hacer antes de que el reloj marque la medianoche.
Tengo responsabilidades que cumplir hoy. SOY IMPORTANTE.
Mi trabajo es escoger que clase de día voy a tener.
Hoy puedo quejarme porque el día esta lluvioso, o puedo dar gracias a Dios porque las plantas están siendo regadas gratis.
Hoy me puedo sentir triste porque no tengo más dinero, o puedo estar contento de que mis finanzas me empujan a planear mis compras con inteligencia.
Hoy puedo quejarme de mi salud, o puedo regocijarme de que estoy viva.
Hoy puedo lamentarme de todo lo que mis padres no me dieron mientras estaba creciendo, o puedo sentirme agradecida de que me permitieran haber nacido.
Hoy puedo llorar porque las rosas tienen espinas, o puedo celebrar que las espinas tienen rosas.
Hoy puedo auto compadecerme por no tener muchos amigos, o puedo emocionarme y embarcarme en la aventura de descubrir nuevas relaciones.
Hoy puedo quejarme porque tengo que ir a trabajar, o puedo gritar de alegría porque tengo un trabajo.
Hoy puedo quejarme porque tengo que ir a la escuela, o puedo abrir mi mente enérgicamente y llenarla con nuevos y ricos conocimientos.
Hoy puedo murmurar amargamente porque tengo que hacer las labores del hogar, o puedo sentirme honrada porque tengo un techo para mi mente, cuerpo y alma.
Hoy el día se presenta ante mí, esperando a que yo le dé forma y aquí estoy, el escultor que tiene que darle forma.
Lo que suceda hoy depende de mí, yo debo escoger qué tipo de día voy a tener.
Ten un gran día… A menos que tengas otros planes.
Mario Benedetti

Reflexión:
Es muy cierto este pensamiento, todo depende de uno mismo de cómo vaya el día, y para lograrlo hay que tener fe, confianza y valor en si mismo, siempre pensar positivamente y sobre todo saber que cada uno de nosotros es importante en la vida
Muchas veces creemos en el destino, rezamos y esperamos que las cosas pasen y nos olvidamos de lo más importante: ¡CREER EN NOSOTROS MISMOS! Nos conformamos en vez de arriesgarnos sin pensar que cada día que pasa NUNCA VOLVERÁ. Nada está escrito. Nada está hecho. Todo depende de nuestra voluntad. De esa fuerza que nos sale de dentro. De decir "si puedo" a cada reto. Podemos cuando estamos decididos. Cuando estamos convencidos, cuando de verdad queremos algo no hay obstáculo que pueda imponerse. Sólo hay que proponérselo. No podemos ser "un mero espectador" ante nuestros sueños.
Por último, recuerda:
En el "JUEGO DE LA VIDA" están los que siguen corriendo cuando le tiemblan las piernas, los que siguen jugando cuando se les acaba el aire, los que siguen luchando cuando todo parece perdido... Sufren pero no se quejan porque saben que el dolor pasa, el sudor se seca, el cansancio termina, pero siempre quedará la satisfacción de ¡HABERLO CONSEGUIDO!
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Disfrutar del momento

Déjame que te cuente un cuento….

Había una vez un hombre que estaba decidido a disfrutar de la vida.
Él creía que para eso debía tener suficiente dinero.
Había pensado que no existe el verdadero placer mientras éste deba ser interrumpido por el indeseable hecho de tener que dedicarse a ganar dinero.
Pensó, ya que era tan ordenado, que debía dividir su vida para no distraerse en ninguno de los dos procesos: primero ganaría dinero y luego disfrutaría de los placeres que deseara.
Evaluó que un millón de dólares sería suficiente para vivir toda la vida tranquilo. El hombre dedicó todo su esfuerzo a producir y acumular riquezas.
Durante años, cada viernes abría su libro de cuentas y sumaba sus bienes.
-    Cuando llegue al millón- se dijo- no trabajaré más. Será el momento del goce y la diversión. No debo permitir que me pase lo de otros- se repetía-, que al llegar al primer millón empiezan a querer otro más.
Y fiel a su duda hizo un enorme cartel que colgó en la pared:

SOLAMENTE UN MILLON
Pasaron los años.
El hombre sumaba y juntaba. Cada vez estaba más cerca. Se relamía anticipando el placer que le esperaba.
Un viernes se sorprendió de sus propios números:
La suma daba 999.999,75
¡Faltaban 25 centavos para el millón! Casi con desesperación empezó a buscar en cada chaqueta, en cada pantalón, en cada cajón las monedas que faltaban….No quería tener que aguardar una semana más.
En el último cajón de un armario encontró finalmente los 25 centavos deseados.
Se sentó en su escritorio y escribió en números enormes:
1.000.000
Satisfecho, cerró sus libros, miró el cartel y se dijo:
-   Solamente uno. Ahora a disfrutar…
En ese momento sonó la puerta.
El hombre no esperaba a nadie. Sorprendido, fue a abrir. Una mujer vestida de negro con una hoz en la mano le dijo:
-   Es tu hora.
La muerte había llegado.
-   No….- balbuceó el hombre-. Todavía no…..No estoy preparado.
-   Es tu hora- repitió la muerte.
-   Es que yo…..El dinero….El placer….
-   Lo siento, es tu hora.
-   Por favor, dame aunque sea un año más, yo postergué todo esperando este momento, por favor…
-    Lo lamento- dijo La muerte.
-   Hagamos un trato- propuso desesperado-: yo he conseguido juntar un millón de dólares, llévate la mitad y dame un año más. ¿Sí?
-   No.
-   Por favor. Llévate 750.000 y dame un mes….
-   No hay trato.
-   900.000 por una semana.
-   No hay trato.
-   Hagamos una cosa. Llévatelo todo pero dame aunque sea un día. Tengo tantas cosas por hacer, tanta gente a la que ver, he postergado tantas palabras…por favor.
-  Es tu hora- repitió La muerte, implacable.
El hombre bajo la cabeza resignado.
-   ¿Tengo unos minutos más?- preguntó.
La muerte miró unos pocos granos de arena en su reloj y dijo:
-   Sí.
El hombre tomó su pluma, un papel de su escritorio y escribió:

Lector:
Quienquiera que seas. Yo no pude comprar un día de vida con todo mi dinero.
Cuidado con lo que haces con tu tiempo.
Es tu mayor fortuna… 
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Aprender a aprovechar las oportunidades

Cuenta un viejo chiste que en un pequeño pueblo se desató una tormenta tal que el río se desbordó y lo inundó todo por completo. Los habitantes escapaban como podían, pero el sacerdote, que siempre había sido un hombre de gran fe, permanecía en la entrada de la parroquia rezando a Dios para que lo sacase de allí. En ese momento, pasaba por allí un hombre conduciendo una camioneta que le gritó:
- ¡Padre, venga, que el agua sigue subiendo!
- No te preocupes, hijo- respondió el sacerdote- , Dios me salvará.
El nivel del agua seguía creciendo y el sacerdote, con el agua hasta la cintura, continuaba rezando. Pasó entonces un bote de remos con varios hombres, que le gritaron que subiera. El sacerdote respondió con firmeza:
- Id vosotros, no os preocupéis más por mí, que Dios me salvará.
Los hombres se alejaron mientras la tormenta no cesaba y el agua seguía subiendo; tanto, que el sacerdote hubo de trepar al techo de la parroquia. Cuando el agua estaba a punto de cubrirlo todo, se acercó al sacerdote un helicóptero desde donde le hicieron señales para que cogiera la cuerda de rescate, pero éste se negó:
- ¡Yo soy un hombre de fe!- gritó al helicóptero- ¡Dios me salvará!
Sin embargo, el agua continuaba cayendo y el sacerdote acabó por ahogarse y llegó a las puertas del cielo. Cuando se encontró cara a cara con Dios, no pudo sino recriminarle que lo hubiese dejado morir de ese modo.
- Mi Señor- le dijo el sacerdote con tristeza-, ¿por qué me abandonaste?
- ¿Pero de qué abandono me hablas?- le respondió Dios-. ¡Te envié una camioneta, te envié un bote y te envié un helicóptero!

Más allá de la broma, esta breve historia nos ilustra sobre la importancia de aprovechar las oportunidades que se nos presentan. Si dejamos pasar las oportunidades una y otra vez, acabaremos creyendo que tenemos mala suerte; acabaremos como el sacerdote del cuento, que creía que Dios le había abandonado. Dicho de otro modo, si no aprovechamos nuestras oportunidades, terminaremos quejándonos de que la vida ha sido injusta con nosotros o de que el destino no nos ha dado lo que nos correspondía. ¿Qué es para vosotros la Quimioterapia, la Radioterapia, la Cirugía y tantos otros procedimientos? 
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

Saber Adaptarse

Cuando nos instalamos en la queja, en la lamentación reiterada, estamos perdiendo nuestro tiempo en lugar de poder estar construyendo algo mejor para nuestra vida. Claro que la vida no es justa y no suceden cosas según nuestros deseos y expectativas. Precisamente por eso lo inteligente es hacer lo que esté en nuestras manos y aprovechar todas las oportunidades, pero ante lo inevitable se impone la serena aceptación de los hechos y esperar que la infinita paciencia y sabiduría del tiempo trabaje a nuestro favor. Algunas circunstancias que producen sufrimientos pueden cambiarse y otras, no, las dos situaciones requieren dos planteamientos diferentes: acción y aceptación.No deberíamos necesitar una desgracia para valorar nuestra vida normal. ¿Por qué solemos valorar las cosas cuando ya no las tenemos?
Hay un cuento judío que nos enseña a valorar lo que tenemos ya que hay veces que las cosas lo  queramos o no desgraciadamente pueden empeorar, el relato dice así:
"Un hombre vivía en una casita muy pequeña con su esposa, cinco hijos, los cuatro abuelos y varios tíos y tías. Dormían todos en la misma habitación, comían juntos y peleaban en vano por un poco de espacio propio y silencio.Desesperado, el hombre acudió al rabino del pueblo. - “Ya no lo soporta más, rabino”, dijo. - “Me estoy volviendo loco. Se pelean sin parar, los niños chillan, mi esposa está destrozada, nadie duerme. Por favor, ayúdeme”. El rabino reflexionó y dijo: - “Según recuerdo, tú eres dueño de una vaca. Métela en casa y vuelve dentro de una semana”.El hombre protestó ante esa idea alocada, pero el rabino insistió, usted ha venido aquí para que yo le ayude, ¡no! Así que el hombre metió a la vaca en casa y volvió al cabo de una semana. - “¡Es espantoso, rabino!”. Y describió la escena con la vaca dentro. El cuento continúa con el rabino que le va diciendo al hombre, cada semana que meta a otro de sus animales dentro de la casa: la cabra, el caballo, las gallinas…, hasta llegar al caos más absoluto. Finalmente, el rabino le pide al hombre que expulse a todos los animales. El hombre vuelve al cabo de una semana. - “Gracias, rabino. Esto si es vida, ahora todos vivimos en paz y armonía. Es una maravilla. ¡Le estoy muy agradecido!”.  
Reflexión
Este relato nos puede recordar eso, que alguna vez que otra decimos,“Dios mío, que me quede como estoy”.
Hemos aprendido a vivir esperando los grandes momentos, aquellos que creemos que marcarán nuestra historia personal,  y que nos harán felices. Y en esa espera, se nos puede escapar parte de nuestra vida. Pero ¿por qué esperar el gran momento? ¿Por qué no convertir esas pequeñas cosas del quehacer cotidiano en una sucesión ininterrumpida de momentos extraordinarios? Decía Henri Barbusse, escritor y periodista francés, que las cosas pequeñas, si se ponen juntas, superan a las mayores.
Fijémonos por ejemplo en las personas que han vivido la experiencia de estar a punto de morir, personas que han tenido una grave enfermedad o un accidente. La mayoría de ellas suelen explicar que al ver la muerte de cerca, no se lamentaban por el hecho de no acceder a un ascenso laboral o porque no podrían comprarse el coche de sus sueños, no les preocupaba no poder ser ricas o famosas, o no haber conseguido adelgazar…Todas coincidían en señalar que les dolía pensar que no volverían a ver el sol, pasear o hablar con sus seres queridos, que no podrían reír o disfrutar de la comida.
Frente a la amenaza de perder las pequeñas cosas, quienes conocen la provisionalidad de la vida convierten los hechos cotidianos en acontecimientos extraordinarios. Y gracias a esta experiencia, muchas de esas personas aprenden a disfrutar de las cosas cotidianas en toda su plenitud. Una vez recuperados, su vida cambia para siempre. Se levantan por la mañana, abren las ventanas y empiezan su día maravillándose por el único hecho de estar vivos.
Aunque me gustaría pensar en la posibilidad de vivir sin problemas ni sufrimiento, lo cierto es que los retos forman parte de la vida de cada uno de nosotros. Lo que importa no es que tengamos problemas (porque, inevitablemente, surgirán problemas, y en ocasiones no tendremos elección), sino cómo los afrontamos cuando se presentan esos retos inesperados y no deseado.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

La fuerza del corazón

Las propias creencias construyen nuestra realidad. Pensar en positivo, cultivar la esperanza, puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte, como cuenta este relato.
Cuenta el escritor O. Henry la historia de dos jóvenes pintoras que se habían mudado a un humilde barrio de Nueva York. Al poco, llegó un frío invierno y una de ellas Johnsy, contrajo una neumonía. La muchacha permanecía casi todo el tiempo en cama, contemplando a través de la ventana la pared de ladrillos de la casa vecina.
Pasaron los días y, como Johnsy no mejoraba, su amiga Sue llamó al médico. El doctor no se mostró optimista y dio pocas esperanzas a Sue. Sólo si lograba pasar el invierno, tendría posibilidades de recuperarse, pero todavía restaban un par de semanas y Johnsy parecía no tener ya voluntad de vivir. Sue entró preocupada en la habitación y escuchó a su amiga decir:
-  Doce y once. Ahí van diez. Y ahora sólo nueve.
-  ¿Nueve…..qué?- preguntó Sue.
-  Hojas, en la enredadera que hay en la pared de la casa de enfrente. Cuando caiga la última, también yo me iré. Veré caer la última hoja y entonces me iré.
Sue se sentía muy triste. Decidió hacerle una visita al señor Behrman, un viejo pintor que vivía en el piso de abajo y se pasaba el día divagando sobre su “obra maestra”. Cuando supo lo que Johnsy decía de las hojas, lanzó una risotada.
- Jamás escuche semejante estupidez- dijo y, después de permanecer callado un momento, agregó-: ¡y déjame, que debo ocuparme de mi obra maestra!
Al día siguiente, las amigas despertaron y Johnsy le pidió a Sue que corriese la cortina para ver cuántas hojas quedaban en la enredadera. Sólo tres.
- Ya no me queda mucho tiempo- dijo Johnsy.
Pasaron un par de días y, tras una fuerte lluvia, sólo una hoja se aferraba a su tallo. “Cuando esta hoja caiga”, pensó Johnsy, “todo terminará”. Esa noche se produjo una nueva tormenta de viento y nieve, pero la hoja maravillosamente resistió. Pasaron algunos días más y la hoja permanecía allí. El invierno cedía y Johnsy comenzaba a mejorar.
Un día, el médico les comunico que Johnsy se salvaría, lo peor había pasado. Pero el señor Behrman, sin embargo, había muerto de neumonía.
- Murió contento- afirmó el médico-, decía que había logrado pintar su obra maestra.
Cuando Johnsy estuvo en condiciones de dejar su cuarto, lo primero que hizo fue cruzar la calle y caminar hasta la pared de ladrillos. Quería tocar la hoja que había resistido los embates del invierno junto a ella. Pero cuando se encontró cerca, notó que la hoja estaba pintada sobre la pared. Pintada con tanto arte que parecía temblar con el viento, devolver el reflejo tenue del sol. Y supo entonces que ésa había sido la obra maestra del viejo Behrman.
Reflexión
Esta es la fuerza que tienen las creencias en nuestras vidas. Esto es lo que nuestros pensamientos pueden llegar a hacer de nosotros.
Cada vez que construyamos la certeza de que algo irremediablemente siniestro va a pasar, no sabiendo cómo (o sabiéndolo) nos ocuparemos de producir, de buscar, de disparar o como mínimo de no impedir que algo (aunque sea un poco) de lo terrible y previsto efectivamente nos pase.
Este  mecanismo funciona también al revés:
Cuando creemos y confiamos en que de alguna forma se puede seguir adelante, nuestras posibilidades de avanzar se multiplican.
Eres tú el responsable de lo que sientes. Sientes lo que piensas, y puedes aprender a pensar de forma diferente sobre cualquier cosa, si decides hacerlo. Pregúntate a ti mismo si vale la pena, si te compensa ser infeliz, estar deprimido o sentirte herido u ofendido.
Entonces examina, profundamente, el tipo de pensamiento que te está llevando hacia estos sentimientos de debilidad.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga