jueves, 6 de octubre de 2011

La paz perfecta


Conseguir todo lo que deseamos y pronto, es algo que no siempre está a nuestro alcance. Estar serenos cuando las circunstancias son adversas, demuestra el temple de las personas. Las crisis suponen un avance o un retroceso en nuestro camino, pero nunca son situaciones neutras. Son la manera que tiene la vida de hacernos despertar de nuestra rutina y de colocarnos frente a una experiencia que puede ser decisiva. Una crisis personal es una encrucijada ante la que solo hay dos salidas: anclarnos en lo que nos ha pasado o utilizar lo ocurrido como trampolín hacia un futuro mejor. Aceptar es reconocer que, de momento, las cosas son como son, y no como querríamos que fueran. Consiste en mirar el problema de frente y decirse: sí, el problema existe. El hecho de aceptarse propicia el cambio. Para curarse hay que reconocerse enfermo: “Si no aceptas tu enfermedad, añades angustia a tus síntomas y te conviertes en un enfermo del alma”. Y para progresar hay que reconocerse imperfecto. ¡No culpable u odioso, sino imperfecto! Sencillamente.
Permíteme que te cuente un cuento al respecto:
Un Rey ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta.
Muchos artistas lo intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero solamente hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre éstas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta pintura pensaron que ésta reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura también tenía montañas. Pero éstas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía un impetuoso  aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacífico. Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, él miró tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido...Paz perfecta.
¿Cuál crees que fue la pintura ganadora?
El Rey escogió la segunda. ¿Sabes por qué? "Porque," explicaba el Rey, "Paz, no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. "Paz significa que a pesar de estar en medio de todas estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la paz".

Reflexión:
Hay personas que viven enfrentadas consigo mismas por no aceptar lo que desearían que fuera de otro modo. La paz pasa por la aceptación tanto personal como ajena. Sería ilusorio pensar que a todo el mundo le caemos bien, no podemos olvidar que todos y cada uno de nosotros somos diferentes y nuestros estados de ánimo, cambiantes.
La ilusoria posibilidad de poderlo controlar todo, al menos lo que a nosotros nos afecta, nos sitúa inmediatamente fuera de la realidad. ¿Por qué? Porque no somos dueños de conducir cada acontecimiento a nuestro gusto. La contradicción y el desconcierto, cuando aparecen, nos recuerdan que el dominio sobre el mundo que nos rodea es mucho menor del que suponíamos. Pero estamos tan ensimismados planeando el mañana que no aprovechamos lo que nos está pasando hoy, y así, viviendo en el futuro, perdemos las oportunidades que nos ofrece cada día la vida. Pero puede pasar que, transcurridos los años, si pensamos en nuestra existencia, comprobemos asombrados que ha pasado sin darnos cuenta.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

martes, 6 de septiembre de 2011

Las cosas no son lo que parecen

Cuenta una antigua y conocida leyenda que dos Ángeles viajeros se pararon para pasar la noche en el hogar de una familia muy adinerada. La familia era ruda y no quiso permitirles a los Ángeles que se quedaran en la habitación de huéspedes de la mansión. En vez de ser así, a los Ángeles les dieron un espacio pequeño en el frío sótano de la casa. A medida que ellos prepararon sus camas en el duro piso, el Ángel más viejo, vio una grieta en la pared. Se levantó y la arregló, utilizando sus poderes divinos, y volvió a sus rezos nocturnos.
Cuando el Ángel más joven preguntó ¿por qué?, el Ángel más viejo le respondió, “Las cosas no son siempre lo que parecen”.
La siguiente noche, el par de Ángeles vino a descansar en la casa de un matrimonio muy pobre, pero el señor y su esposa eran muy hospitalarios. Después de compartir la poca comida que la familia tenía, la pareja les permitió a los Ángeles que durmieran en su cama para que así pudieran tener una buena noche de descanso. Cuando los ángeles se despertaron al día siguiente, encontraron que la pareja no podía contener el llanto. El único bien que tenían, una vaca que les proporcionaba leche, queso y su única entrada de dinero, había aparecido muerta en el campo. Mientras andaban por el camino de barro, el Ángel más joven mostró toda su indignación y le preguntó al Ángel más viejo “- ¿Cómo pudiste permitir que esto hubiera pasado? El primer hombre lo tenía todo, sin embargo tú lo ayudaste”, el Ángel más joven lo seguía acusando, - “La segunda familia tenía muy poco, pero estaba dispuesta a compartirlo todo, y tú permitiste que la vaca muriera y no hiciste nada para aliviar su sufrimiento”.
- “Las cosas no son lo que parecen”, dijo el Ángel más viejo.
- “Cuando estábamos en aquel sótano horrible de la inmensa mansión, me di cuenta de que había mucho oro almacenado detrás de la pared. Debido a que el propietario estaba tan obsesionado con la avaricia y no estaba dispuesto a compartir su buena fortuna, yo sellé el hueco, de tal manera que nunca lo encontraría”. “Luego, anoche mientras dormíamos en la cama de la familia pobre, el Ángel de la muerte vino en busca de la esposa, sin embargo, como yo lo conozco desde hace años, lo convencí de que le quitara la vida a la vaca en lugar de la mujer.

Reflexión:
Muchas veces las cosas no son lo que parecen, es verdad. Y en realidad, casi nunca lo son, nos guste o no, las cosas son lo que son, no lo que nosotros esperamos de ellas. Pero cuando las cosas no ocurren como nosotros deseamos nos enojamos, nos sentimos culpables, o nos deprimimos mucho. Pero eso no cambiará lo que son las cosas. Estos son comportamientos por completo inútiles ya que son pensamientos y sentimientos que tienen una sola misión, la de entristecernos y arruinarnos la vida, de esta manera nos sentimos infelices, atrapado y lo que es peor, nuestra estima nos la deja muy deteriorada. Uno ganaría muchísimo si cuando las cosas no son lo que parecen renunciara a la ira, a auto-culparse y a deprimirse. Ganaría muchísimo, porque en realidad son una pérdida de tiempo. Podría aprovecharse mejor ese tiempo, cambiando uno mismo. Buscando en su propio interior otra manera de entender e interpretar las cosas. Evitando los arranques de furia, la auto-compasión, y el sentirse mal. Cuando una persona te alienta a creer una cosa, puede ser que las cosas no sean lo que parece, o cuando un proyecto parecía prometedor y las cosas luego no salen como esperábamos. Cambia entonces tú actitud. Sabemos que una persona sobrevive mejor cuando se adapta, cuando se adecua a la situación. Una persona vive mejor cuando es más flexible. Una persona es más inteligente y sabia cuando cambia de opinión según exigen las circunstancias, no cuando se empecina y se aferra a sus propias ideas. Por eso debemos recordar que las cosas no son siempre lo que parecen, de modo que lo mejor que puedes hacer, es cambiarte a ti mismo. Siempre es mejor cambiarse a si mismo que sufrir inútilmente.
Siempre es mejor ser feliz que infeliz.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

martes, 2 de agosto de 2011

El miedo y la libertad

En una tierra en guerra, había un rey que causaba espanto: ya que a sus prisioneros, no los mataba… los llevaba a una sala donde había un grupo de arqueros en un lado y en otro, una inmensa puerta de hierro, sobre la cual se veían grabados figuras de cadáveres cubiertos de sangre.
En esta sala les hacía formar un círculo y les decía a cada uno que eligieran, entre morir a flechazos por sus arqueros o pasar por esa puerta… El rey les decía “detrás de esa puerta yo os estaré esperando”.
Todos elegían ser muertos por los arqueros. Pero un día al terminar la guerra, un soldado que durante mucho tiempo había servido al rey se dirigió a él para preguntarle:
- Señor ¿puedo hacerle una pregunta?
- Dime, soldado.
- Señor ¿Qué se esconde detrás de la puerta? El rey contestó… Ve y mira tu mismo.
El soldado, abrió temerosamente la puerta y a medida que lo hacía, los rayos de sol entraban y la luz invadió el ambiente, donde finalmente descubrió que, la puerta se abría sobre un camino que conducía hacia la LIBERTAD.
El soldado, embelesado, miró a su rey y éste le dijo.
Yo les daba la oportunidad de ELEGIR, pero todos preferían morir a arriesgar a abrir esta puerta.

Reflexión:
“¿Cuántos puertas dejamos de abrir por el miedo a arriesgar?, ¿Cuantas veces perdemos la libertad y morimos por dentro, solamente por sentir miedo de abrir la puerta de nuestros sueños?”
“Quedarse en lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse con vida pero no vivir.”
Todos tenemos sueños, queremos resultados, buscamos oportunidades, pero no siempre estamos dispuestos a correr riesgos. No siempre estamos dispuestos a transitar caminos difíciles.
Una vez le preguntaron a Buda qué es lo que a él más le sorprendía de la humanidad y respondió:
“Los hombres, que pierden la salud para juntar el dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud y por pensar ansiosamente en el futuro, olvidan el presente de tal forma, que acaban por no vivir ni el presente, ni el futuro, viven como si nunca fuesen a morir y mueren como si nunca hubiesen vivido”.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

viernes, 8 de julio de 2011

Qué hacer con lo que tenemos

El 18 de noviembre de 1994, Itzhak Perlman, el violinista, entró al escenario para dar un concierto en el Avery Fisher Hall del Centro Lincoln  en la ciudad de Nueva York.
Si alguna vez ustedes estuvieron en un concierto  de Perlman sabrán que para él, llegar al escenario es un pequeño logro. Tuvo polio cuando fue niño, tiene ambas piernas sujetas con bragueros y camina con la ayuda de dos muletas.
Verlo cruzar por el escenario dando un paso por vez, costosa y lentamente,  es una visión asombrosa. Camina penosa, pero majestuosamente, hasta que llega a su silla. Entonces se sienta lentamente, pone sus muletas en el suelo, afloja los  sujetadores de sus piernas, coloca un pie hacia atrás y extiende el otro hacia adelante, luego se inclina y levanta el violín, lo pone bajo su mejilla, hace una señal  al director y comienza a tocar.
Hasta ahora, la audiencia estaba acostumbrada a este ritual. Ellos permanecen sentados mientras él hace su trayecto hasta su silla. Permanecen reverentemente silenciosos mientras  afloja los sujetadores de sus piernas, y esperan hasta que esté listo para tocar.
Pero esta vez algo  anduvo mal... Justo cuando él terminaba sus primeras estrofas, una de las cuerdas de su violín se rompió. Se pudo escuchar el ruido, sonó como un tiro atravesando el salón.
No había equivocación sobre lo que ese sonido significaba. No había tampoco dudas sobre lo que él tendría que hacer. Los que estaban allí esa noche, pensaron para sí mismos:
-"Tendrá que levantarse, ponerse los bragueros nuevamente, levantar las muletas y arrastrarse fuera del escenario, ya sea para encontrar otro violín o para encontrar otra cuerda para el suyo".
Pero no lo hizo. En su lugar, esperó un momento, cerró sus ojos y luego hizo la señal al director de comenzar nuevamente.
La orquesta comenzó, y el tocó desde el punto en el que se había detenido. ¡Y tocó con tanta pasión, tanto poder y tanta pureza, como ellos nunca lo habían escuchado antes!
Por supuesto, todo el mundo sabía que es imposible interpretar un trabajo sinfónico con solo tres cuerdas. Yo sé eso y ustedes también lo saben, pero esa noche Itzhak Perlman rehusó saberlo. Se lo podía ver modulando, cambiando, recomponiendo la pieza en su cabeza. En un punto eso sonó como si estuviera sacando el tono de las cuerdas que se habían roto y extrayendo nuevos sonidos de ellas que nunca habían dado antes.
Cuando terminó, hubo un impresionante silencio en el salón... y entonces la gente se levantó y lo aclamó. Hubo un extraordinario aplauso proveniente de cada rincón del auditorio. Estábamos todos de pie gritando y animando, haciendo todo lo que podíamos, para demostrar cuanto apreciábamos lo que acababa de hacer.
El sonrió, se secó el sudor de sus cejas, detuvo su inclinación para aquietarnos y luego dijo, no con presuntuosidad sino en un tono reverente, pensativo, sereno:
-"Ustedes saben, algunas veces la tarea del artista es descubrir cuanta música puede uno hacer con lo que aún le queda"...
¡Qué maravillosa reflexión ésta! Ha permanecido en mi mente siempre desde que la escuché. Y... ¿Quién sabe?...  Tal vez es la definición de la vida, no solo para los artistas sino para todos nosotros. Aquí hubo un hombre que se ha preparado toda su vida para hacer música con un violín de cuatro cuerdas, quien repentinamente, en medio de un concierto, se encuentra con solo tres, así que él hace música con tres cuerdas y la música que hizo esa noche solo con tres fue más hermosa, más sagrada, más memorable que ninguna que él haya hecho jamás en un violín con sus cuatro cuerdas.
Así que, tal vez, nuestra tarea en este mundo que vivimos, confuso, inestable y que cambia velozmente, sea hacer música; al principio con todo lo que tenemos y luego, cuando eso ya no es más posible,...hacer música con todo lo que nos quede! 
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

jueves, 16 de junio de 2011

Con tu apoyo

Cuentan que en un lejano reino, había un jardín cuyas flores no se marchitaban, todos decían que era el buen Rey que con su amor y dedicación las mantenía siempre frescas y vivas.
Cada mañana el buen Rey se asomaba a su balcón y admiraba el hermoso jardín plagado de las más bellas y raras flores, que traídas de todos los reinos, él cuidaba.
Un día llego a palacio una niña pidiendo audiencia al rey, se la veía preocupada y un poco triste, entre sus manos traía una pequeña maceta con una rosa casi marchita. Uno de los mayordomos del rey pregunto a la niña:
-         ¿Qué te ocurre?, ¿Para qué deseas ver al rey?
La niña apenada contesto.
-         Mi flor se marchita, tiene un gusano que no la deja vivir.
El mayordomo sabedor de lo importante que para el rey eran las flores, acudió rápido hasta donde el se encontraba, contándole lo sucedido y pidiéndole que recibiera a la niña.
El rey acudió inmediatamente a recibirla. Ya en presencia del rey la niña le contó lo que ocurría.
-         Yo la he cuidado y le he dado cariño pero ha enfermado y no puedo hacer nada.
El rey le contesto:
-         No es culpa tuya que tú rosa enfermara, no es culpa de nadie. Ahora la llevaremos a mí jardín, la cuidaremos, tendremos que ponerle un producto para eliminar el gusano, quizás algunos de sus pétalos se caigan y creas que esta peor pero debes venir a verla todos los días, seguir dándole tu cariño y tu amor, a pesar del aspecto que tenga, seguirá siendo tu rosa.
-         Debes entender- dijo el rey- que si no la dejas sola, la prodigas mimos, pero no en exceso, le vas a ayudar; debes saber que ella se sentirá mal a veces y a pesar de no poder hablarte te agradecerá tus cuidados.
Después de un tiempo, aquella rosa empezó a sentirse mejor, todo lo que el buen rey le había dicho era cierto.
Con amor, cariño y confianza todo se supera, aunque creas a veces que todo termina, es cuando de verdad empieza la vida.
                                                              
Reflexión:
Me gustaría empezar agradeciéndole a Ana María, un familiar de una paciente que en estos momentos esta en tratamiento con quimioterapia, su generosidad por querer compartir conmigo este hermoso relato, para que yo a su vez lo pueda compartir con todos vosotros.
No debemos olvidar que ante un diagnóstico adverso, solemos pasar por diferentes estadios, desde la incredulidad y la sensación de injusticia hasta el desamparo y la rabia. Pero enfermedad no es sinónimo de tristeza y frustración sino una oportunidad: para emprender un nuevo camino, descubrir capacidades, crecer…Toda la familia se enfrenta a una nueva vida, esta “segunda oportunidad” se aprovecha para hacer lo que hasta ahora no habían hecho, viajar, leer, escuchar música, expresar los afectos, pintar, escribir, en definitiva darle un nuevo sentido a la vida.
La enfermedad puede hacer más conscientes nuestros deseos y ayudarnos a vivir el presente y el amor hacia nuestros seres queridos con mayor intensidad.
Tener una enfermedad, o vivirla de cerca, hace que las personas se hagan conscientes de que la vida es frágil, de que puede cambiar en el momento menos esperado. Esta situación nos enseña a soltar el lastre de los hechos pasados para, en lugar de “preocuparnos” por el futuro, “ocuparnos” del momento presente con todas nuestras energías.
Son momentos en los que uno debe tener:
“Serenidad para aceptar las cosas que no puede cambiar, Valor para cambiar aquellas que sí puede y Sabiduría para distinguir entre ambas cosas”.
                                                               Montse Parejo
Psico-Oncóloga

viernes, 27 de mayo de 2011

Con qué ojos miramos

Dos hombres, ambos seriamente enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno de ellos se le permitía sentarse en su cama durante una hora cada tarde para ayudar a drenar los fluidos de sus pulmones. Su cama estaba junto a la única ventana de la habitación. El otro hombre debía permanecer todo el tiempo tendido sobre la espalda. Los hombres hablaban, durante horas y horas, acerca de sus esposas y familias, de sus hogares, sus trabajos, su servicio militar, de cuando habían estado de vacaciones...
Cada tarde, el de la cama cercana a la ventana, el que podía sentarse, se pasaba el tiempo describiendo a su compañero de habitación las cosas que podía ver desde allí. El hombre en la otra cama comenzaba a vivir, en esos pequeños espacios de una hora, como si su mundo se agrandara y reviviera gracias a la actividad y el color del mundo exterior. Se divisaba desde la ventana un hermoso lago, cisnes, personas nadando y niños jugando con sus pequeños barcos de papel. Jóvenes enamorados caminaban abrazados entre flores de todos los colores del arco iris. Grandes y viejos árboles adornaban el hermoso paisaje.
Como el hombre de la ventana describía todo esto con todo lujo de detalles, el hombre de la otra cama podía cerrar sus ojos e imaginar tan idílicas escenas. Una cálida tarde de verano, el hombre de la ventana le describió un desfile que pasaba por allí. A pesar de que el otro hombre no podía escuchar a la banda, sí podía verlo todo en su mente, pues su compañero lo representaba todo con palabras muy descriptivas.
Pasaron días y semanas. Un día, la enfermera de mañana llegó a la habitación llevando agua para el baño de cada uno de ellos. Al descubrir el cuerpo del hombre de la ventana, observó que había muerto tranquilamente en la noche mientras dormía. Ella se entristeció mucho y llamó a los compañeros del hospital para sacar el cuerpo. Tan pronto como lo creyó conveniente, el otro hombre preguntó si podría ser trasladado cerca de la ventana. La enfermera estaba feliz de realizar el cambio. Cuando lo hubo cambiado, lo dejó solo.
Lenta y dolorosamente, se incorporó apoyado en uno de sus codos para tener su primera visión del mundo exterior. Finalmente, tendría la dicha de verlo por sí mismo.
Se estiró para mirar por la ventana. Lentamente giró su cabeza y, al mirar, vio una pared blanca. El hombre preguntó a la enfermera qué pudo haber obligado a su compañero de habitación a describir tantas cosas maravillosas a través de la ventana.
La enfermera le contestó que aquel hombre era ciego y que de ningún modo podía ver esa pared, y que quizá solamente quería darle ánimos.

Reflexión:
Es una tremenda felicidad el hacer feliz a los demás, sea cual sea la propia situación. No debemos olvidar que el dolor compartido es la mitad de pena,  pero la felicidad, cuando se comparte, es doble. Dos personas pueden mirar exactamente la misma cosa y ver algo totalmente diferente.
Cómo miremos las cosas que nos ocurren en la vida marca la gran diferencia entre sentirnos felices o desdichados porque, aunque no podemos controlar todo lo que nos sucede, sí podemos decidir cómo afrontarlo. El escritor brasileño Paulo Coelho expresa muy bien esta situación cuando dice que "lo que ahoga a alguien no es caerse a un río sino permanecer sumergido en él". Por eso no abandonen cuando todavía son capaces de un esfuerzo más. Nada termina hasta el momento en que uno deja de intentar.
Nuestra existencia esta sujeta a muchos avatares que no podemos controlar, que no dependen de nosotros. Para empezar, lo primero para poder ver el lado bueno de la vida es aceptar la premisa de que no podemos controlar muchas de las cosas que nos van a ocurrir. Aprender a ver el lado positivo de la vida empieza por aprender a aceptar la vida tal cual es, sin estar pendientes del mañana ni anclados en el ayer, intentar recordar sin ira ni reproche lo ya vivido, sin atribuir al pasado la exclusiva responsabilidad de nuestros pesares actuales, ni creer que ha hipotecado nuestro futuro.
Cuando aceptemos que la imperfección es parte de la condición humana y sigamos rodando por la vida sin renunciar a disfrutarla, habremos alcanzado una integridad a la que otros sólo aspiran.
Recuerda que la vida propone y cada uno responde. Nuestra actitud, nuestra respuesta, nos convierte en alquimistas con poder para transformar la desgracia en oportunidad.
Si quiere sentirse rico, solo cuente todas  las cosas que tiene y que el dinero no puede comprar.
Hace poco alguien me dijo “Hay trenes que pasan una sola vez en la vida pero no olvides, hay autobuses que pasan cada media hora”.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

miércoles, 4 de mayo de 2011

¿Qué es lo importante?

Frente al egoísmo y la vanidad, que sólo llevan a mirar hacia uno mismo, la gratitud implica mirar hacia los demás y reconocer lo bueno que hay en ellos. Agradecer es dar, compartir: a través del agradecimiento nos acercamos al otro, pues dar las gracias a alguien establece un vínculo emocional muy fuerte y enriquece la relación personal.
El agradecimiento nos ayuda a saborear la vida. Valorar y dar las gracias por todo lo que nos sucede, así como reconocer a quienes contribuyen a ello, nos acerca un poco más a la felicidad.
Dice un refrán popular que “De bien nacido es ser agradecido”.
La gratitud es un sentimiento que nace cuando somos capaces de apreciar lo que otra persona ha hecho por nosotros. No debemos confundir gratitud con “devolver un favor”; no se trata de pagar una deuda, sino de reconocer la generosidad de los demás.

Cuentan que una mujer en un cálido día de verano llevó a su querido hijo Pablo al lago para bañarse. Pablo, aunque ya sabía nadar, se arriesgó un poco más que otras veces y se terminó alejando bastante de la orilla. De pronto le dio un calambre en el pie, se empezó a poner nervioso y a agitarse, tragó agua y todos los indicios hacían suponer que iba a ahogarse. La madre que lo vio comenzó a gritar  socorro y a pedir auxilio para que alguien ayudara a su hijo ya que ella se sentía incapaz de hacerlo.
Un muchacho joven y valiente que pasaba por allí no se lo pensó dos veces y se lanzó al agua, nadando hasta Pablo y trayéndole sano y salvo hasta la orilla donde se encontraba su madre.
La mujer, al ver a Pablo, se volvió hacia su rescatador y le reprochó, decepcionada, severamente: “Oye, espera un momento…Pablo llevaba unas gafas y un gorro de baño, y dónde están ahora, ¿eh?...”.


Reflexión
Aunque este caso nos parezca exagerado, la verdad es que se da más frecuentemente de lo que creemos, ya que cuando un suceso traumático irrumpe en nuestra vida y de una manera u otra se resuelve favorablemente para nosotros, muchas veces no somos capaces de disfrutarlo en todo su apogeo, sino que nos detenemos más en los daños colaterales que nos ha supuesto haber superado este hecho no deseado e inesperado, como le paso a la madre de Pablo, que solo fue capaz de fijarse que a su hijo le faltaban algunos objetos y no, que estaba vivo y a salvo.
Ciertamente la vida no es un camino fácil y podemos pasar por numerosos contratiempos; sin embargo, también tenemos la oportunidad de vivir cosas hermosas, de prosperar, de lograr aquello por lo que luchamos...Ser conscientes de las cosas buenas y poder expresar nuestro agradecimiento es un camino que hay que recorrer para alcanzar la felicidad.
Muchas personas juegan un papel fundamental en nuestras vidas. Nos inspiran, nos apoyan, nos ayudan a superarnos...Ser capaces de expresar nuestro agradecimiento a las personas que queremos en el momento adecuado es una virtud que debemos y podemos cultivar.
Vivir del recuerdo, por otra parte, nos distrae del presente, cuando nos empeñamos en revivir una experiencia que ya pasó y que hoy no forma parte de mi vida, finalmente acabaremos decepcionados y sobre todo habremos hecho uso de un enorme desgaste psíquico y emocional.
El resentimiento estrecha la vida, mientras que la gratitud la expande, incrementa la alegría y mejora nuestras relaciones. Por eso aprender a expresar nuestra gratitud a las personas que queremos es una fuente de felicidad y de enriquecimiento. La gratitud une a las personas, aumenta nuestra disposición de ayudar, a ser amables, responsables y afectuosos.
Recuerda: "Ayer es historia, mañana es un misterio y hoy es un regalo, por eso se le llama Presente".
Montse Parejo
Psico-Oncóloga