viernes, 25 de julio de 2014

El loro que pide libertad

Ésta es la historia de un loro muy contradictorio. Desde hacía un buen número de años vivía enjaulado, y su propietario era un anciano al que el animal hacía compañía. Cierto día, el anciano invitó a un amigo a su casa a deleitar un sabroso té de Cachemira.
Los dos hombres pasaron al salón donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro. Se encontraban los dos hombres tomando el té, cuando el loro comenzó a gritar insistente y vehementemente:
-¡Libertad, libertad, libertad!
No cesaba de pedir libertad. Durante todo el tiempo en que estuvo el invitado en la casa, el animal no dejó de reclamar libertad. Hasta tal punto era desgarradora su solicitud, que el invitado se sintió muy apenado y ni siquiera pudo terminar de saborear su taza. Estaba saliendo por la puerta y el loro seguía gritando: “!Libertad, libertad!”.
Pasaron dos días. El invitado no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto le atribulaba el estado del animalillo que decidió que era necesario ponerlo en libertad. Tramó un plan. Sabía cuándo dejaba el anciano su casa para ir a efectuar la compra. Iba a aprovechar esa ausencia y a liberar al pobre loro. Un día después, el invitado se apostó cerca de la casa del anciano y, en cuanto lo vio salir, corrió hacia su casa, abrió la puerta con una ganzúa y entró en el salón, donde el loro continuaba gritando: “!Libertad, libertad!” Al invitado se le partía el corazón.
¿Quién no hubiera sentido piedad por el animalito? Presto, se acercó a la jaula y abrió la puertecilla de la misma. Entonces el loro, aterrado, se lanzó al lado opuesto de la jaula y se aferró con su pico y uñas a los barrotes de la jaula, negándose a abandonarla. El loro seguía gritando: “!Libertad, libertad!”

Reflexión:
Como este loro, son muchos los seres humanos que dicen querer madurar y hallar la libertad interior, pero que se han acostumbrado a su jaula interna y no quieren abandonarla.
No podemos olvidar que todos los cambios asustan, es importante que entiendas que el miedo es una emoción como cualquier otra, sólo que le otorgas una dimensión y un significado, en donde pasa a tener todo el poder sobre cualquier cosa novedosa que quieras realizar hoy, todos sabemos que el miedo paraliza. Debemos de aceptar que el miedo forma parte del camino que cada uno de nosotros tiene que recorrer para nuestro crecimiento y mejora, es la posibilidad que nos podemos brindar para modificar y cambiar aspectos que hasta hoy nos impidieron ser felices.

“La felicidad no llega cuando conseguimos lo que deseamos sino cuando sabemos disfrutar con lo que tenemos”. No soñando en el mañana sino sabiendo disfrutar del HOY.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

sábado, 8 de marzo de 2014

La parte más importante del cuerpo

Un día mi madre me preguntó: "¿Cariño, cuál es la parte más importante del cuerpo?".  A través de los años he tratado de buscar la respuesta correcta.
Cuando era más joven, pensé que el sonido era muy importante para nosotros, por eso le dije: - “Mis oídos, mamá”. Ella dijo: - “No, muchas personas son sordas y se arreglan perfectamente. Pero sigue pensando, te preguntaré de nuevo.”
Pasaron varios años antes de que ella me lo preguntara de nuevo. Desde aquella primera vez, yo había creído encontrar la respuesta correcta. Y es así que le dije: ”Mamá, la vista es muy importante para todos, entonces deben ser nuestros ojos”.
Ella me miró y me dijo: ”Estás aprendiendo rápidamente, pero la respuesta no es correcta porque hay muchas personas que son ciegas, y salen adelante aún sin sus ojos”. Continué pensando… ¿cuál era la solución?
A través de los años, mi madre me preguntó un par de veces más, y ante mis respuestas la suya era: “No, pero estás poniéndote más inteligente con los años, pronto acertarás”.
Hace algunos años mi abuelo murió. Todos estábamos dolidos. Lloramos. Incluso mi padre lloró. Recuerdo esto sobre todo porque fue la segunda vez que lo vi llorar. Mi madre me miraba cuando fue el momento de dar el adiós final al abuelo. Entonces me preguntó: "¿No sabes todavía cuál es la parte más importante del cuerpo, hijo?”. Me asusté cuando me preguntó justo en ese momento. Yo siempre había creído que ese era un juego entre ella y yo. Pero ella vio la confusión en mi cara y me dijo: ”Esta pregunta es muy importante. Para cada respuesta que me diste en el pasado te dije que estabas equivocado y te fui diciendo el por qué. Pero hoy es el día en que necesitas saberlo”.
Ella me miraba como sólo una madre puede hacerlo. Vi sus ojos llenos de lágrimas, y la abracé. Fue entonces cuando apoyada en mí, me dijo: ”Hijo, la parte del cuerpo más importante es tu hombro”.
Le pregunté: “¿Es porque sostiene mi cabeza?”
Y ella respondió: “No, es porque puede sostener la cabeza de un ser amado o de un amigo cuando llora. Todos necesitamos un hombro para llorar algún día en la vida, hijo mío. Yo sólo espero que tengas amor y amigos y así siempre tendrás un hombro donde llorar cuando lo necesites, como yo ahora necesito el tuyo.”


Reflexión
Muchas veces el ser humano tiene miedo de aflorar sus emociones por temor a no poder contenerlas, además lo solemos asociar a un síntoma de debilidad. Nuestra sociedad nos indica de muchas maneras que no es bueno llorar, que tenemos que ser “fuertes”, pero no debemos olvidar que llorar “desahoga” y esto es muy necesario para afrontar cualquier adversidad que nos toque lidiar, podemos elegir llorar solos o acompañados. Hay situaciones de la vida, en la que el simple hecho de “estar” al lado de la persona que sufre, es más importante que cualquier otra cosa en la vida, simplemente, “estando”.
Recuerda, “todos tropezamos, todos y cada uno de nosotros. Por eso es un consuelo ir de la mano de alguien”. (Emily Kimbrough)

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

miércoles, 5 de febrero de 2014

El burro de Hakim

Hakim era un vendedor de sal en la antigua Bagdad. Cada día iba desde su casa al mercado con dos sacos de sal atados al lomo de su burro. Un día caluroso, al atravesar el Tigris, el burro tropezó y se hundió en el agua fresca del día. Cuando el burro salió del agua, Hakim notó que mucha sal se había disuelto y la carga, por tanto, era considerablemente más ligera para el burro. 
A partir de entonces, Hakim no podía evitar que el burro se zambullera en el mar diariamente y arruinar parte de la carga de sal. Esta situación cada día se hacía más insostenible porque los ingresos de Hakim eran cada vez menos. En definitiva, el burro que le servía de transporte le estaba arruinando el negocio.
Ante esta situación, Hakim comenzó a pensar de qué manera solucionar el problema: cambiar de medio de transporte no podía, porque no tenía dinero suficiente. También cabía la posibilidad de vender el burro, pero éste era un animal tan querido en la familia que su mujer e hijos no entenderían jamás su venta. Cambiar de tarea también era un problema porque sin bienes, qué iba a hacer. No tenía más animales, no tenía un huerto que cuidar…
Pensando y pensando, un día decidió hacer una prueba: cargó el burro como de costumbre y, como de costumbre, el animal se hundió en el agua. Pero esta vez, la carga no era sal sino sacos de arena. Cuando el burro intentó salir del agua, comprobó cómo la carga habitual pesaba mucho más que de costumbre. Desde entonces no volvió a zambullirse.

Reflexión:
En algunas situaciones difíciles, la solución no es deshacerte del factor que causa el problema. Esto supondría demasiados cambios. A veces, la solución es mucho más simple: basta con mover adecuadamente algunas piezas y utilizar el ingenio.
A menudo lo que nos hace sufrir no es un acontecimiento en sí, sino la opinión que tenemos del mismo. Podemos empeorar una situación complicada sólo con la actitud con que lidiamos con ella. Esto no significa que debamos siempre “pensar en positivo” ni ser optimistas frente a cualquier adversidad, pero si que debemos abrir nuestra mente para afrontar cualquier evento con serenidad.
Recuerda, podemos ser parte del problema o parte de la solución, tú eliges.

Montse Parejo. 
Psico-Oncóloga

jueves, 9 de enero de 2014

La felicidad del peregrino

Cuentan que un peregrino viajaba de ciudad en ciudad en busca de respuestas a sus preguntas. Había llegado a grandes ciudades que ocupaban extensas planicies, a pequeñas aldeas de pocas casas, a ciudades amuralladas, unas con castillos, otras con monasterios y cuarteles. A ciudades con hermosos jardines colgantes, a otras construidas junto a cascadas, a ciudades flotantes que parecían crecer como nenúfares sobre lagos, a poblaciones levantadas en altas montañas y otras junto al mar. Conocía toda clase de ciudades, todas distintas, aunque todas tenía una característica común: en ninguna de ellas encontró a personas felices. Y el peregrino buscaba el secreto de la felicidad, pues esa era para él la riqueza más valiosa, ese era el reconocimiento más preciado, y por ello viajaba y viajaba. Llegó un día que ya no recordaba nada de su vida que no fuera viaje, e incluso esos recuerdos se confundían en su mente. Y ese día descubrió, en lo hondo de un valle, una nueva ciudad, una que nunca había visto. No era ni demasiado grande ni demasiado pequeña; sus casas no eran ni demasiado altas ni demasiado bajas y todo en ella denunciaba una ciudad normal. O eso le parecía.
No obstante, a medida que se acercaba a la ciudad descubrió que había algo extraño en ella. No la rodeaban murallas ni había guardias, las puertas estaban abiertas y los pobladores se movían de acá para allá apresurados, entre cantos y bromas. Cuando al fin entró en la ciudad se dirigió a un hombre que paseaba y le preguntó: ¿Qué ciudad es ésta? ¿Por qué hay tanta agitación? Y el paseante, muy amable, respondió:- Bien veo que sois extranjero. Ésta es la ciudad sin nombre y precisamente hoy celebramos la fiesta más importante del año, el día de nuestra independencia. ¿Y cómo lo celebráis? ¿Con bailes, con un gran banquete? No, mi amigo, respondió entre risas el ciudadano, lo celebramos con un gran entierro y plantando un jardín. ¿Os sorprende? Seguidme y lo entenderéis. Y así vecino y peregrino recorrieron la ciudad, mientras el primero explicaba al segundo como se hacían las cosas en la ciudad. ¿Veis todos aquellos jardines, allí? Cada uno es recuerdo de un año de nuestra ciudad. Y ahora os mostraré el lugar en el que preparamos el de este año. Caminaron hasta una plaza donde se había excavado una zanja de varios metros de profundidad. Apoyadas en las paredes de las casas había montones de flores y plantas, en macetas y jardineras.
El peregrino, no obstante, no acababa de entender cómo aquel profundo agujero podía transformarse en un jardín. ¿Por qué lo hacían tan hondo?¿Cómo lo rellenarían? Y lo preguntó a su nuevo amigo. Muy fácil, le respondió el vecino. Os dije que celebrábamos un entierro. Pues bien, se trata del entierro de los "Debería". Cada ciudadano trae hoy aquí todos los objetos que representan sus obligaciones, todos los elementos que ya no le son útiles, todo aquello que "debería hacer"...,"debería cambiar"...,"debería mejorar"... y lo arroja a la zanja ya que son estas cosas las que nos hacen sentir culpables si por la razón que fuese no pudiéramos llevarlas a cabo. Cuando todos lo hemos hecho, lo cubrimos con tierra y nos despedimos de los "debería". Y encima plantamos una planta por cada nuevo propósito.
Así plantamos "Yo podré"...,"Yo lograré"...,"Yo conseguiré...y sobre todo, muchos "Yo deseo"... Así es como nacen nuestros maravillosos jardines.
El peregrino se quedó en silencio observando cómo las gentes del lugar se acercaban alegres cargadas de ropas, libros, utensilios y herramientas... Cómo niños y mayores se turnaban en ir llenando el vacío que se abría a sus pies con pensamientos y obligaciones que les impedían ser felices. Y, aún en silencio, se acercó al borde de la zanja y él también lanzó su bastón y su bolsa, todo lo que le ataba a su pasado de búsqueda y viaje. Ya no "debería seguir viajando". Había aprendido que el secreto de la felicidad está en la libertad de seguir el dictado del propio corazón y no las leyes de la razón.
Y allí se quedó para siempre jamás. En la ciudad donde no existía el "debería" encontró la felicidad. Nuestro ego es el eco de las voces de nuestro pasado.

Montse Parejo.
Psico-Oncóloga

viernes, 4 de octubre de 2013

Salir a la vida

Mi mamá era hija de una pareja de Entre Ríos. Nació y creció en el campo entre animales, pájaros y flores. Ella nos contó que una mañana, mientras paseaba por el bosque recogiendo ramas caídas para encender el fuego del horno, vio un capullo de gusano colgando de un tallo quebrado. Pensó que sería más seguro para la pobre larva llevarla a casa y adoptarla a su cuidado.
Cuando llegó, la colocó bajo una lámpara para que le diera calor y la arrimó a una ventana para que el aire no le faltara. Durante las siguientes horas, mi madre permaneció al lado de su protegida esperando el gran momento. Después de una larga espera, que no terminó hasta la mañana siguiente, la jovencita vio cómo el capullo se rasgaba y una patita pequeña y velluda asomaba desde dentro.
Todo era mágico y mi mamá nos contaba que tenía la sensación de estar presenciando un milagro. Pero, de repente, el milagro pareció volverse tragedia. La pequeña mariposa parecía no tener la fuerza suficiente para romper el tejido de la cápsula que la envolvía. Por más que hacía fuerza, no conseguía salir por la pequeña perforación de su casita efímera.
Mi madre no podía quedarse sin hacer nada. Corrió hasta el cuarto de las herramientas y regresó con un par de pinzas delicadas y una tijera larga, fina y afilada que mi abuela usaba en el bordado. Con mucho cuidado de no tocar al insecto, fue cortando una ventana en el capullo para permitir que la mariposa saliera de su encierro.
Después de unos minutos de angustia, la pobre mariposa consiguió dejar atrás su cárcel y caminó a tumbos hacia la luz procedente de la ventana.
Cuenta mi madre que, llena de emoción, abrió la ventana para despedir a la recién llegada, en el que sería su vuelo inaugural. Sin embargo, la mariposa no salió volando, ni siquiera cuando con la punta de las pinzas la rozó suavemente. Pensó que estaba asustada por su presencia y la dejó junto a la ventana abierta, segura de que no la encontraría al regresar.
Después de jugar toda la tarde, mi madre entró de nuevo a su cuarto y encontró junto a la ventana a su mariposa inmóvil, las alistas pegadas a su cuerpo, las patitas tiesas hacia el techo. Mi mamá siempre nos contaba con qué angustia fue a llevar el insecto a su padre, a contarle todo lo sucedido y a preguntarle qué más podía haber hecho para ayudarla. Mi abuelo, que parece ser que era uno de esos sabios casi analfabetos que andan por el mundo, le acarició la cabeza con dulzura y le dijo que no había nada más que debiera haber hecho, que en realidad la buena ayuda hubiera sido hacer menos y no más.
Las mariposas necesitan de ese terrible esfuerzo que les significa romper su prisión para poder vivir, porque durante esos instantes, explicó mi abuelo, el corazón late con muchísima fuerza y la presión que se genera en su primitivo árbol circulatorio inyecta la sangre en las alas, que así se expanden y la capacitan para volar.

La mariposa que fue ayudada a salir de su caparazón nunca pudo expandir sus alas, porque mi mamá no la había dejado luchar por su vida. Mi mamá siempre nos decía que, muchas veces, le hubiese gustado aliviarnos nuestro camino, pero entonces recordaba a su mariposa y prefería dejarnos inyectar nuestras alas con la fuerza de nuestro propio corazón.
Jorge Bucay
"No le evitéis a vuestros hijos las dificultades de la vida, enseñadles más bien a superarlas" Louis Pasteur.
"En la vida y de la vida no hay que esperar nada, sino que en "la vida" hay que ir al encuentro de todo". Montse Parejo

Montse Parejo
Psico- Oncóloga

lunes, 10 de junio de 2013

La felicidad


En cierta ocasión, se reunieron todos los Dioses y decidieron crear al hombre y la mujer, y planearon hacerlo a su imagen y semejanza.
Entonces uno de ellos dijo:
- “Esperen, si los vamos a hacer a nuestra imagen y semejanza, van a tener un cuerpo igual al nuestro, fuerza e inteligencia igual a la nuestra… debemos pensar en algo que los diferencie de nosotros, ya que, de no ser así, estaremos creando nuevos dioses. Debemos quitarles algo, pero… ¿qué les quitamos?”
Después de mucho pensar otro dijo:
- “¡Ya sé, vamos a quitarles la felicidad!... pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la encuentren jamás”.
Propuso el primero:
- “Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo”, a lo que inmediatamente repuso otro:
- “No, recuerda que les dimos fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está”.
Luego propuso otro:
- “Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar”, y otro contestó:
- “No, recuerda que les dimos inteligencia, alguna vez alguien va construir una esquina por la que pueda entrar y bajar y entonces la encontrarán”.
Uno más dijo:
- “Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra”. Y le dijeron:
- “No, recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien va construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad y serán iguales a nosotros”.
El último de ellos, que era un Dios que había permanecido en silencio, escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás dioses, analizó cada una de ellas y entonces rompió el silencio y dijo:
- “Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren”
Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono:
- “¿Dónde?”
- “La esconderemos dentro de ellos mismos… estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán”.
Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces ha sido así:
El hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo...
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

jueves, 2 de mayo de 2013

Las mil canicas


Este relato nos habla de cómo "Vivir la vida".

Hace unas cuantas semanas, me dirigía hacia mi equipo de radio-aficionado, con una humeante taza de café en una mano y el periódico en la otra.
Lo que comenzó como una típica mañana de sábado, se convirtió en una de esas lecciones que la vida parece darnos de vez en cuando... déjenme contarles: Como otros sábados sintonicé mi equipo de radio para entrar en una red de intercambio. Después de un rato, me topé con un colega que sonaba un tanto mayor. Él le estaba diciendo a su interlocutor, algo acerca de "unas mil canicas".
Quedé intrigado y me detuve para escuchar con atención:
        - "Bueno,Tomás, de veras que parece que estás ocupado con tu trabajo. Estoy seguro de que te pagan bien, pero es una lástima que tengas que estar fuera de casa y lejos de tu familia tanto tiempo. Es difícil imaginar que un hombre joven tenga que trabajar sesenta horas a la semana para sobrevivir. Qué triste que te perdieras la presentación teatral de tu hija". La conversación continuó, diciéndole este señor a Tomás lo siguiente:
        - "Déjame decirte algo, Tomás, algo que me ha ayudado a mantener una buena perspectiva sobre mis propias prioridades".
Y entonces fue cuando comenzó a explicar su teoría sobre las "mil canicas".
        - "Un día sin saber porque, me senté e hice algo de aritmética. Me dije a mi mismo, la persona de promedio vive unos setenta y cinco años, algunos viven más y otros menos, pero en promedio, la gente vive unos setenta y cinco años. Entonces, multipliqué 75 años por 52 semanas por año,y obtuve 3,900 que es el número de sábados que la persona promedio habrá de tener en toda su vida.
        - "Espero que no te hayas perdido en mis cálculos Tomás porque es ahora cuando voy a la parte más importante. Me tomó hasta que casi tenía cincuenta y cinco años pensar todo esto en detalle", continuó, "y para ése entonces, con mis 55 años, ya había vivido ¡¡¡más de dos mil ochocientos sábados!!!"
        - "Me puse a pensar que si llegaba a los setenta y cinco años, sólo me quedarían unos mil sábados más que disfrutar. Así que fui a una tienda de juguetes y compré todas las canicas que tenían. Tuve que visitar tres tiendas para conseguir 1.000 canicas."
        - "Las llevé a casa y las puse en una fuente de cristal transparente, junto a mi equipo de radio-aficionado. Cada sábado a partir de entonces, he tomado una canica y la he tirado."
        - "Descubrí que, al observar cómo disminuían las canicas, me enfocaba más sobre las cosas verdaderamente importantes en la vida. No hay nada como ver cómo se te agota tu tiempo en la tierra, para ajustar y adaptar tus prioridades en esta vida."
        - "Ahora déjame decirte una última cosa antes que nos desconectemos y lleve a mi bella esposa a desayunar..., esta mañana, saqué la última canica de la fuente de cristal... y entonces, me dí cuenta de que si vivo hasta el próximo sábado entonces me habrá sido dado un poquito más de tiempo de vida... y si hay algo que todos podemos usar es un poco más de tiempo."
        - "Me gustó conversar contigo, Tomas, espero que puedas estar más tiempo con tu familia. Hasta pronto, se despide el hombre de 75 años, este es K9NZQ, cambio y fuera, ¡buen día!".

Uno pudiera haber oído un alfiler caer en la banda cuando este amigo se desconectó.
Creo que nos dio a todos, bastante sobre lo qué pensar.
Yo había planeado trabajar en la antena aquella mañana, y luego iba a reunirme con unos cuantos radio-aficionados para preparar la nueva circular del club...
En vez de aquello, subí las escaleras, y desperté a mi esposa con un beso...
        - "Vamos querida, te quiero llevar a ti y los chicos a desayunar fuera".
        - "¿Qué mosca te ha picado?" preguntó sorprendida.
        - "Oh, nada; es que no hemos pasado un sábado junto con los chicos en mucho tiempo. Por cierto, ¿podríamos parar en la tienda de juguetes mientras estamos fuera? Necesito comprar algunas canicas..."
                                                                                          Jeffrey Davis

Reflexión:
Recuerda que sólo hay un momento importante y es ahora. El momento actual es el único sobre el que tenemos dominio. La persona más importante es siempre con la que estás, la que está delante de ti, porque quién sabe si tendrás trato con otra persona en el futuro. El propósito más importante es hacer que esa persona, la que está junto a ti, sea feliz, porque es el único propósito de la vida”.

Montse Parejo. Psico-Oncóloga.