miércoles, 19 de abril de 2017

Parar para ver

Erase una vez un hombre que sentía que siempre tenía muy mala suerte. Los años pasaban y aunque se esforzaba mucho, todo era en vano, seguía teniendo mala suerte. Así fueron pasando los años, hasta que un día pensó que su situación debía de cambiar. Llego a la conclusión de que necesitaba ayuda y quién mejor que el Dios de la suerte para dársela. Así que decidió ir a verle para pedirle que le ayudara. Metió todo lo necesario para el viaje en un hatillo y se puso en marcha, caminó y caminó durante mucho tiempo.
Al cabo de unos días, llegó al bosque y abriéndose paso entre la maleza, de repente escuchó una voz estridente. Asombrado buscó el origen de esa voz, y se encontró con un lobo ¡cómo estaba el pobre animalito! Se le podían contar las costillas y hasta el pelo se le caía a mechones, daba auténtica pena verlo. ¿Qué te pasa lobo? Estoy mal, de un tiempo a esta parte todo me va mal. No tienes más que observar mi aspecto... ¡No! No me cuentes nada más porque yo también tengo mala suerte. Por eso voy a ver al Dios de la suerte para pedirle que me la cambie. Por favor, le rogó el lobo, pídele también consejo para mí. Muy bien, no te preocupes que yo se lo pediré. Hasta pronto.
Caminó, caminó y caminó durante mucho tiempo. Al fin llegó a la sabana. Hacía mucho calor. El sol quemaba y la sabana parecía no tener fin, suplicante exclamó para sí, ¡Ay, que no daría yo por un poco de sombra! Nada más terminó de desearlo, vio a lo lejos un maravilloso árbol frondoso, cuya sombra invitaba a reposar, llegó hasta él y se recostó a descansar apoyándose en su tronco. Al cerrar los ojos, oyó una voz como un lamento que no paraba de sollozar. El hombre se sobresaltó, se incorporó, pero no pudo ver a nadie quejándose cerca de él, así que se recostó de nuevo, pero volvió a escuchar de nuevo la voz sin saber la procedencia de aquellos lamentos, intrigadísimo, por fin se le ocurrió preguntar: ¿Eres tú, árbol? Sí, yo soy. ¿Qué te pasa árbol? No lo sé, de un tiempo a esta parte todo me va mal, ¿no ves mis ramas torcidas y mis hojas marchitas? ¡No sigas!  ¡Ya sé de qué me estás hablando! Yo también tengo mala suerte por eso voy a pedirle al Dios de la suerte que me la cambie. Por favor, pídele también consejo para mí, le suplicó el árbol. No te preocupes, lo haré. Y con esta nueva promesa se marchó y siguió su camino y empezó a adentrarse en unos cerros que había más allá de la sabana. Desde lo alto de la colina, divisó un maravilloso valle, parecía un paraíso, estaba lleno de árboles, flores, prados, un riachuelo, pájaros...era un maravilloso lugar. Bajo hasta el valle y descubrió una casa muy acogedora. Se acercó a ella y en el porche vio a una mujer muy hermosa que parecía esperarle. Ven viajero, ven a descansar. El hombre estaba agotado así que aceptó. Pasaron una velada muy especial, tomaron una sabrosa comida y durante la cena, la mujer le contó que se sentía triste, ya que, aunque vivía en un hermoso lugar, ella notaba que le faltaba algo, él le dijo, no sigas, conozco esa sensación, por eso voy a ver al Dios de la suerte para que me ayude. La mujer le suplicó, dile que te dé consejo para mí.
A la mañana siguiente el hombre prosiguió su viaje. Tras caminar mucho y muchísimo tiempo, el hombre llegó al fin del mundo, de pronto, enfrente suyo, se formó una nube, ésta fue adquiriendo forma y terminó transformándose en la cara de un hombre.
¿Tú eres el Dios de la suerte? Sí, yo soy. Tú sabes que las cosas me van mal y he venido para pedirte que cambies mi suerte. Bien, estoy de acuerdo en hacer eso por ti, pero sólo con una condición. Tienes que estar muy atento y buscar tú mismo, tu buena suerte. El hombre muy contento y satisfecho, se despidió de Dios, quería llegar cuanto antes a su casa para ver si su suerte había cambiado realmente, así que corrió y corrió y llegó hasta aquel valle. Ya casi estaba pasando de largo la casa de aquella mujer, cuando ella, que estaba en el porche, lo llamó ¡Eh, espera, cuéntame lo que ha pasado! He visto a Dios y me ha prometido que me va a ayudar, sólo me pidió que estuviera atento, ahora tengo que irme, he de buscar mi buena suerte ¿Y no te ha dado un consejo para mí? A ver...a ver si recuerdo... ¡Ah! Me dijo que lo que te falta es un hombre, un compañero, ante estas palabras la cara de la mujer se iluminó y le dijo ¿No quieres ser tú ese hombre? Me gustaría mucho pero no puedo, tengo que seguir mi camino y buscar mi buena suerte y corrió y corrió mucho más tiempo, después paso de nuevo por la sabana y al pasar al lado del árbol, éste le hizo detener ¿Que ha pasado buen hombre? El hombre volvió a relatar su historia y nada más terminarla quiso seguir su camino, pero el árbol le detuvo. Y para mí, ¿para mí no te dio ningún consejo? A ver...me dijo que debajo de tus raíces había un enorme tesoro que te impide crecer. Lo único que tienes que hacer es sacarlo y todo te irá bien de nuevo. Verás, le dijo el árbol, yo no puedo desenterrar el tesoro, si tú lo quieres hacer por mí, te lo podrás llevar y así serás, muy rico, a mí no me sirve y lo único que yo quiero es que mis raíces crezcan de nuevo en plena libertad. El hombre impaciente y un poco fastidiado le respondió, me encantaría ayudarte, pero no puedo, porque he de seguir mi camino y buscar mi buena suerte, lo siento árbol.
El hombre precipitadamente, emprendió su marcha y corriendo se alejó de allí, corrió y corrió durante mucho tiempo. Llegó al bosque, y de pronto oyó aquellos lastimosos quejidos del lobo. Iba a pasar de largo, pero el pobre animal lo llamó. El hombre a toda prisa le contó su historia y todo lo que le había sucedido en su viaje de regreso a casa, el lobo al igual que los demás, también le preguntó, y para mí ¿para mí no te dio también un consejo? A ver..., me dijo que para ponerte de nuevo fuerte sólo tenías que hacer una cosa, comerte a la criatura más tonta de la tierra y que entonces todo te irá bien.
El lobo se levantó y con sus últimas fuerzas, se abalanzó sobre el hombre y ... ¡lo devoró!

Reflexión:
Qué importante y necesario sería poder “pararnos” para de esta forma contemplar o ver que es lo que podemos necesitar, pero vamos por la vida quejándonos continuamente de nuestra mala suerte y no nos damos cuenta de que la vida nos da multitud de señales para poder vivir una vida mejor, pero tenemos tan ancladas nuestras creencias de cómo debe ser nuestra vida, que al final la vida pasa sin que nos permitamos disfrutarla. Sería bueno “parar” ya que si no lo hacemos nosotros la vida de un modo u otro lo hará.

Montse Parejo. 
Psico-Oncóloga

domingo, 12 de marzo de 2017

El tigre y la liebre

Que gran decepción tenía el joven de esta historia... Su amargura absoluta era por la forma tan inhumana en que se comportaban todas las personas. Al parecer, ya a nadie le importaba nadie.
Un día, dando un paseo por el monte, vio sorprendido que una pequeña liebre le llevaba comida a un enorme tigre malherido, el cual no podía valerse por sí mismo. Le impresionó tanto al ver este hecho, que regresó al día siguiente para ver si el comportamiento de la liebre era casual o habitual.
Con enorme sorpresa pudo comprobar que la escena se repetía: la liebre dejaba un buen trozo de carne cerca del tigre. Pasaron los días y la escena se repitió de un modo idéntico, hasta que el tigre recuperó las fuerzas y pudo buscar la comida por su propia cuenta.

Admirado por la solidaridad y cooperación entre los animales, se dijo: "No todo está perdido... Si los animales, que son inferiores a nosotros, son capaces de ayudarse de este modo, mucho más lo haremos las personas".
Y decidió hacer la experiencia: Se tiró al suelo, simulando que estaba herido, y se puso a esperar que pasara alguien y le ayudara.

Pasaron las horas, llegó la noche y nadie se acercó en su ayuda. Estuvo así durante todo el otro día, mucho más decepcionado que cuando comenzamos a leer esta historia, con la convicción de que la humanidad no tenía el menor remedio, sintió dentro de sí todo el desespero del hambriento, la soledad del enfermo, la tristeza del abandono... Su corazón estaba devastado, ya casi no sentía deseo de levantarse, entonces allí, en ese instante, lo oyó...¡Con qué claridad, qué hermoso!, una hermosa voz, muy dentro de él, le dijo: "Si quieres encontrar a tus semejantes, si quieres sentir que todo ha valido la pena, si quieres seguir creyendo en la humanidad, para encontrar a tus semejantes como hermanos, deja de hacer de tigre y simplemente sé la liebre".

Reflexión:
Puede ser que a lo largo de nuestra vida hayamos sido más tigres que liebres.
Tomar conciencia de nuestra vida, de nuestro interior, de lo que pensamos y de lo que sentimos, nos transforma. La imagen que tenemos de nosotros está tejida de pensamientos de lo que creemos ser, no de lo que realmente yo “soy”. No me canso de repetir que las cualidades que cultivamos en nuestra mente y en el corazón influyen poderosamente en nuestro bienestar físico y psicológico.
El desarrollar nuevas capacidades que nos lleven a poder percibir, actuar, pensar y sentir de otra manera no solo propicia una mejor salud y una mayor felicidad, sino que además como demuestran estudios actuales pueden modificar nuestra fisiología y nuestra neurología.
Hay muchas maneras de ayudar a los demás, a veces un simple gesto tiene mucha más fuerza de lo que podríamos imaginar. Ya lo decía el escritor León Tolstói, “El que ayuda a los demás se ayuda a sí mismo”. Muchas veces delegamos en los demás lo que deberíamos hacer nosotros, si el otro no me ama, no me respeta o no me cuida como yo necesito, decimos “mi vida no vale nada” y no nos damos cuenta que somos nosotros, los que debemos darnos todas esas atenciones, mi vida empieza y acaba conmigo, con la persona que vamos a convivir el resto de nuestra vida es con uno mismo.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

lunes, 23 de enero de 2017

El sueño del rey

Había un monarca en un floreciente y próspero reino del norte de la India. Era rico y poderoso. Su padre le había enseñado a ser magnánimo y generoso, y, antes de fallecer, le había dicho:
- Hijo, cualquiera puede por destino o por azar, tener mucho, pero lo importante no es tenerlo, sino saberlo dar y compartir. No hay peor cualidad que la avaricia. Sé siempre generoso. Tienes mucho, así que da mucho a los otros.
Durante algunos años, tras la muerte de su padre, el rey se mostró generoso y espléndido. Pero a partir de un día, poco a poco, se fue tornando avaro y no sólo empezó a no compartir nada con los otros, sino que comenzó incluso a negarse hasta las necesidades básicas a sí mismo. Realmente se comportaba como un pordiosero. El rey vestía harapos, estaba sucio y maloliente, en contraste con el palacio esplendoroso en el que habitaba, incluso iba descalzo y ni siquiera lucía ningún adorno real. Su asistente personal, que también lo había sido de su padre, estaba tan preocupado que hizo llamar a Rishi, un sabio que vivía en una cueva en las altas montañas del Himalaya. El sirviente le contó el problema del rey, que aun siendo uno de los reyes más ricos se comportaba como un pordiosero, y lo peor es que no sabían porque su rey se comportaba así. El rey accedió a ver a Rishi, siempre que no tuviese que pagarle, ya que se sentía tan, tan pobre. Cuando estuvo frente a Rishi, el rey no pudo contener su llanto ya que se sentía muy desgraciado y creía que estaba totalmente arruinado, "nada puedes sacarme, porque nada tengo. Incluso cuando estos harapos se terminen de estropear, ¿con qué cubriré mi cuerpo?"
Entonces Rishi entornó los ojos, concentró su mente y como un halo de luz, se coló en el cerebro del monarca. Allí vio el sueño que tenía el rey noche tras noche: soñaba que era un mendigo, el más paupérrimo de los mendigos. Y por ese motivo, aunque era un rey rico y poderoso, se comportaba como un pordiosero. Logró en días sucesivos enseñar al rey a que dominará sus pensamientos y a que cambiará la actitud de su mente. El monarca volvió a ser generoso, pero no consiguió que Rishi aceptará ningún obsequio por tan estimable ayuda.

Reflexión:
Tal es el poder del pensamiento, así como piensas, así eres.
Le damos tanta credibilidad a nuestros pensamientos y a nuestras emociones que le otorgamos el poder de nuestras vidas, sin darnos cuenta de que continuamente estamos haciendo interpretaciones de las cosas que nos suceden. Observa: "me gusta, no me gusta", "esto es bueno, esto es malo", "esto es verdad, esto es mentira"..., todo son interpretaciones. No vivimos la vida tal y como es, sino tal y como somos.
Tratamos de esquivar los conflictos para evitar el sufrimiento, pero por mucho que los evitemos, éstos siempre vuelven, aunque nos cueste creerlo, vuelven o se nos repiten para que aprendamos de ellos. Un día nos podemos dar cuenta de que no hemos vivido nuestra vida, sino que estamos viviendo nuestro pensamiento acerca de lo que creemos que es la vida. Queremos tenerlo todo controlado, ya sea nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestra vida, para que de esta manera nada se salga de la raya, pero la vida no funciona así. La vida está hecha para ser vivida y no pensada y para eso debemos permitirnos soltar el control. La vida, continuamente nos pone en situaciones en la que nos dice que no podemos controlar nada o casi nada.
Cuando nos permitamos soltar estas interpretaciones, que emitimos como juicios, podremos ver como nuestra vida nos ama.
"No puedes cambiar tu vida, pero si cambias el modo en que la miras, la vida cambiará"
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

martes, 22 de noviembre de 2016

¿Qué mata al amor?

En una ocasión el Señor de las Tinieblas convocó en su tenebroso palacio a los más encarnizados enemigos del hombre y se dirigió a ellos de la siguiente manera:
  • Llevo miles de años intentado destruir al hombre, acabar con su existencia, para ello he creado todo tipo de conflictos y guerras, pero cuando parecía que al final lograba lo que tanto anhelo, aparecía Él y evitaba que el ser humano desapareciera de este planeta. A veces aparecía disfrazado de sonrisa, otras de una mano amiga e incluso a veces de una simple palabra de consuelo y sin embargo, a mí nunca me engaño, porque siempre supe que tras los mil disfraces se ocultaba mi más terrible enemigo, el Amor. Entregaré la mitad de mi reino a aquel de vosotros que me traiga el cadáver del Amor entre sus brazos.
Murmullos y aullidos se escucharon en aquel salón oscuro. De repente, uno de aquellos siniestros personajes se abrió paso a golpes entre la multitud, se postró ante el Señor de las Tinieblas y gritó:
  • Gran Señor, yo soy quien te traerá el cadáver del Amor entre mis brazos, yo soy su enemigo natural, porque yo soy el Odio.
Al oír aquellas palabras, el Señor de las Tinieblas respondió entusiasmado:
  • Ve, amigo mío y haz mi sueño realidad y gozarás de la mitad de todo mi reino.
En una esquina de aquel salón, oculto tras una columna, un personaje vestido de negro y con un gran sombrero que le tapaba el rostro esbozó una extraña sonrisa.
El Odio partió ante la envidia de muchos. Los años pasaron y el Odio regresó cabizbajo y ante el Señor de las Tinieblas manifestó su incomprensible derrota:
  • No lo entiendo, gran Señor, he creado desavenencias, malentendidos y todo tipo de agravios y cuando parecía que mi triunfo estaba cercano, aparecía Él, y al final lo suavizaba, todo lo arreglaba.
Tras el Odio fueron la Pereza, la Rutina, la Desesperanza y muchos de los peores enemigos del hombre y, sin embargo, todos ellos al final fracasaron. El Señor de las Tinieblas al ver que ninguno de aquellos seres era capaz de lograr lo que él tanto anhelaba, cayó en una depresión profunda, hasta que súbitamente se abrió paso entre la multitud aquel silencioso personaje que vestía de negro y que tenía un sombrero que le tapaba el rostro. Con gesto altivo se dirigió al Señor de las Tinieblas:
  • Yo soy quién te traerá el cadáver del Amor entres mis brazos.
El Señor de las Tinieblas lo miró con desprecio y se dirigió a él con desagrado:
  • Todos antes que tú han fracasado y tú, a quien ni siquiera conozco, pretendes triunfar. No me importunes, todo está perdido.
Aquel extraño personaje partió, pasaron años y de repente se presentó ante el Señor de las Tinieblas con el cadáver del Amor entre sus brazos. El Señor de las Tinieblas pegó un salto y se incorporó incrédulo ante lo que contemplaban sus ojos:
  • Lo has logrado, has conseguido lo imposible, tuyo es la mitad de mi reino, pero amigo mío, por favor, antes de partir dime quién eres.
Aquel personaje se quitó solemnemente su gran sombrero y con un susurro que, sin embargo, hizo temblar a todos los presentes, dijo:
  • Yo soy el Miedo.
Reflexión:
El miedo es muy sutil y se nos puede instaurar gradualmente sin que nos demos cuenta. Si miramos hacia atrás, veremos que a la mayoría de nosotros se nos enseña desde muy pequeños a tener miedo, pero no creo que hayamos nacido de esta forma. ¿A que le tenemos miedo? Yo diría que a muchas cosas, se puede tener miedo al fracaso, a no gustarle a alguien, a caerles mal a la gente, a no ser lo suficientemente buena o bueno, también se le teme a la enfermedad y yo dirá que al cáncer en particular, lo mismo que a su tratamiento, se tiene mucho miedo a vivir y se está aterrado ante la idea de morir.
Cuando el miedo nos domina, nuestro corazón se desboca, nuestro cuerpo se tensa y nuestro cerebro no funciona bien. En ese momento sentimos que nuestra vida peligra y atacamos, nos aislamos o huimos. Ninguna de estas reacciones permite que tratemos a los demás como si los quisiéramos, porque nadie quiere a alguien a quien teme y nadie teme a alguien a quién quiere. Cuando uno se aleja de los demás, también se aleja de si mismo y por eso uno en lugar de aprender a quererse, aprende a temerse.
Comprender la naturaleza de nuestro miedo nos abre la puerta de poder experimentar la naturaleza del verdadero amor, aquel que, por no ser razonable, alcanza lo que no parece posible. Está en cada uno de nosotros decidir quien va a triunfar en nuestra vida si es el amor y no el miedo.

Son nuestros miedos los que hacen que muramos poco a poco, creo que la respuesta o la solución es más simple de lo que parece pero es también uno de los secretos mejor guardados de nuestro tiempo: “La importancia de amarse a sí mismo”.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

jueves, 6 de octubre de 2016

¿Qué tiempo hará hoy?

"Erase una vez un caminante en medio de la montaña. A lo lejos divisó un gran rebaño de ovejas dirigidas por un rústico pastor. Como no tenía mucho que hacer, se acercó al hombre y le preguntó:
—¿Qué tiempo vamos a tener hoy? El pastor se levantó la gorra y respondió:
—Sin duda, el tipo de tiempo que más me gusta.
El forastero se quedó sorprendido por la réplica y dijo: —¿Cómo demonios sabe qué hará un tiempo de su gusto? Y el pastor le respondió:
—Amigo mío: como hace tiempo que averigüé que no siempre obtengo lo que quiero, he aprendido a apreciar lo que tengo. Por eso sé que hoy hará un día fantástico".

Reflexión
¿Sabemos apreciar lo que tenemos? Quizás no nos demos cuenta, pero el mejor tiempo es el que está haciendo hoy, aquí y ahora, en este preciso y justo momento. Este relato nos puede hacer reflexionar sobre la importancia de aceptar el momento presente tal y como si lo hubiésemos elegido nosotros. Porque a fin de cuentas es lo único que tenemos. Tanto si llueve, hace calor, nieva o sopla el viento... Todo es divino dentro del Universo. Cada momento es un regalo y es mejor que aprendamos a valorarlo y apreciar la belleza y encanto que hay por doquier, aunque desgraciadamente muchas veces ni nos damos cuenta de ello.
Como no destacar la importancia que el factor “tiempo” puede tener por ejemplo, para una persona que está pendiente de una donación de médula, os comparto lo que hace poco leí de un joven malagueño, paciente de leucemia que está a la espera de un donante, “El tiempo es “Ahora”, mi momento presente, mi cáncer no es una puta mierda, ni una maldición, ni nada asqueroso. Es una oportunidad de ver la vida tal y como es, pudiendo saborear el aire que respiro, cada alimento que me llevo a la boca, cada beso, cada respiración. Cambiar el mundo es imposible, pero si podemos cambiar cada uno de nosotros y hacernos conscientes de nuestra realidad. Puedo morir o no, puede haber un donante para mí o no, puede haber un donante y que yo me muera por un rechazo, no sabemos nada de lo que pasará, pase lo que pase será lo correcto. No podemos estar pensando en el pasado ni en el qué pasará, tan solo podemos ver el presente, el ahora, ver que solo existe el momento, todo llega, pero solo existe el ahora”, Pablo Ráez Martínez.
“Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias”. Locke, John.

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

miércoles, 1 de junio de 2016

Sobre la vida y la muerte

Todas las preguntas que se suscitaron aquel día en la reunión pública estaban referidas a la vida más allá de la muerte.
El Maestro se limitaba a sonreír sin dar una sola respuesta.
Cuando, más tarde, los discípulos le preguntaron por qué se había mostrado tan evasivo, él replicó:
- "¿No habéis observado que los que no saben qué hacer con esta vida son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente?".
- "Pero, ¿hay vida después de la muerte o no la hay?", insistió un discípulo.
- "¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la cuestión!", replicó enigmáticamente el Maestro.

Reflexión:
Creemos que nuestro mayor miedo es a morir, cuando lo que más miedo nos da es VIVIR plenamente.
Vivimos en un mundo habituado a una perpetua incertidumbre e insatisfacción, nunca o casi nunca estamos satisfechos con nada, siempre vivimos deseando algo mejor o superior a lo que tenemos y de manera constante nos olvidamos del tiempo presente, de sentir, y hacer sentir, de cuidarnos y de cuidar a los que tenemos en nuestro entorno, de amarnos y de amar, de ser feliz y hacer feliz a los demás. En definitiva, nos olvidamos de vivir en plenitud nuestra propia existencia única e irrepetible.
Tu vida, mi vida, no nos pide que la entendamos, solo nos pide que la VIVAMOS, que, CONFIEMOS. Pues sólo cuando vives, puedes después llegar a comprender.
Todos estamos en el tremendo error de creer que “tenemos que hacer...” un montón de cosas. Como dice el psicólogo Fidel Delgado “tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada...”, y es verdad, no tenemos que hacer nada, solo dejar que la vida fluya pero aunque parezca fácil, lo solemos hacer muy difícil.

Me gustaría terminar con la siguiente pregunta:
Maestro, ¿qué esperas de la vida?
Lo que ocurra,- contestó-

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

miércoles, 2 de marzo de 2016

Busca dentro de ti

Nos pasamos la vida buscando. 
Buscamos hacer lo correcto, buscamos dinero, buscamos amor, buscamos felicidad, siempre buscamos, continuamente estamos pensando en cómo llegar a conseguir lo que queremos.
Muchas decepciones por el camino hacen que muchas personas decidan dejar de buscar, vivir con lo que no les gusta, algunas bajo la maravillosa palabra de la aceptación, en la mayoría de los casos mal entendida.
Aceptar no es dejar de desear, no olvidarse que se quiere lo mejor para uno mismo. Aceptar solo es dejar que las cosas fluyan, aunque no nos gusten, pero no significa inmovilización.
La inmovilización que sufrimos muchos en muchos apartados de nuestra vida viene debido a que buscamos las respuestas a todas nuestras dudas en el exterior, que alguien (una persona o las creencias de la sociedad) nos digan que es lo que tenemos que hacer, incluso que buscar, porque en definitiva, lo que todos buscamos es la felicidad, aunque muchos nos equivoquemos en la vía por donde llegar a ella.
Este pedacito del libro "La princesa que creía  en los cuentos de hadas" creo que puede ilustrar algo al respecto: 
Paseando por el estanque, la pareja vio a un hombre inmóvil con un sombrero blanco de pescador sentado en un leño.
-¿Qué le pasa?, - preguntó la princesa.
-No lo sé muy bien. Empezó así un día que no fue capaz de decidir que caña de pescar debía usar. Le preguntaba a todo el que pasaba, pero unos le decían que empleara una y otros la otra. Después, tampoco supo si debía ponerle cebo fresco o no, ni en qué lado del estanque tenía que sentarse. Pidió la opinión de los demás, pero, en efecto, unos se inclinaron por un cebo y otros por el otro. 
Algunos le aconsejaron que se sentara aquí, otros allá y los demás no supieron que contestar o les daba igual, o las dos cosas. Empezó a ponerse nervioso y a dar vueltas de un lado a otro.
Entonces, les preguntó a los que pasaban si había peces en el agua... aunque ya sabrás que ésta es la tierra de la ilusión y nada es lo que parece. Así unos le dijeron que si, otros que no y al final dejó de preguntar. Lo siguiente que sabemos es que se desplomó en ese tronco y nadie le ha visto moverse desde entonces. Me imagino que la única decisión que tomó fue la de no hacer nada más en su vida.
-¿Le ha preguntado alguien por qué creía que todo el mundo sabía mejor que él lo que tenía que hacer?, - preguntó la princesa al tiempo que se le refrescaba la memoria.
-Sí, le preguntamos por qué tenía tantos problemas para decidirse y nos contestó que siempre tenía miedo de equivocarse en la elección.
-¿Y qué más daba si hubiera sido así? - preguntó la princesa sintiendo pena por el hombre-, ¿se habría acabado el mundo si hubiera elegido la caña negra en vez de la marrón o si hubiera decidido emplear un cebo en lugar del otro aunque hubiera visto más tarde que no era el correcto?
En ese momento recordó la veces en las que ella, le había ordenado a un criado que fuera a caballo a entregarle una nota a la reina pidiéndole su opinión sobre lo que debía hacer con esto o con aquello. Luego, le vino a la mente el pergamino con los pros y los contras, y volvió a sentir un malestar bastante familiar. Se dio cuenta de sus nervios a la hora de tomar una decisión por miedo a cometer un error.
-Parece más una estatua que un hombre, dijo la princesa. En ese momento pasaron por su mente muchos recuerdos sobre la confusión, la miseria y la desesperación que tanto le habían dominado los días que se quedó en la cama, negándose a salir de ella.
-Hay mucha gente por aquí que no vive mejor que él. En realidad, no se sabe quienes son ni lo que hacen, van saliendo del paso día tras día, preocupándose por esto o por aquello, haciendo un sinfín de locuras e intentando darle sentido a todo..."

Reflexión:
Pero no está todo perdido, si conseguimos buscar dentro de nosotros en lugar de fuera, si conseguimos creer que dentro de nosotros tenemos una sabiduría increíble y que un error no es un error sino un aprendizaje, tenemos un amplio mundo por donde movernos, explorar y sobre todo vivir.
Esta inteligencia está dentro de nosotros, no está en nuestra mente, nuestra mente se basa en lo que otros nos han enseñado, y al fin y al cabo estaríamos haciendo lo mismo. Saber que es lo que necesitamos y cual es el camino adecuado para llegar a ello está sólo dentro de cada uno.
Tú tienes tus propias respuestas, tú tienes tu camino, busca dentro de ti.
Montse Parejo. 
Psico-Oncóloga.