lunes, 4 de junio de 2018

La vida es presencia


Un hombre se acercó a un sabio anciano y le dijo:
-        Me han dicho que tú eres sabio...Por favor, dime ¿qué cosas puede hacer un sabio que no esté al alcance de las demás personas?
El anciano le contestó:
-        Cuando como, simplemente como; duermo cuando estoy durmiendo y cuando hablo contigo, sólo hablo contigo.
-        ¡Pero eso también lo puedo hacer yo y no por eso soy sabio!, le contestó el hombre sorprendido.
-        Yo no lo creo así, le replicó el sabio. Pues cuando duermes recuerdas los problemas que tuviste durante el día o imaginas los que podrás tener al levantarte. Cuando comes estás planeando lo que vas a hacer más tarde. Y mientras hablas conmigo piensas en qué vas a preguntarme o cómo vas a responderme, antes de que yo termine de hablar. El secreto es estar consciente de lo que hacemos en el momento presente y así disfrutar cada minuto del milagro de la vida.

Reflexión:
Como apuntaba el sabio, puedes estar convencido de que tú vives el día a día, pero una mirada más profunda puede delatarte. Observa cómo es relativamente fácil sorprenderte a ti mismo alejándote del momento presente. El ritmo vertiginoso te empuja a tener que realizar muchas acciones y sin darte cuenta acabas llevando a cabo diversas tareas la vez. Puedes que ni siquiera te hayas dado cuenta, así que esté podría ser un buen momento para centrarte en el aquí y el ahora.
Parece mentira, pero sólo existe el momento presente, el instante presente, o mejor, nuestra conciencia de la existencia en ese instante tan breve que ni tan si quiera es cuantificable, porque cuando nos percatamos de él, ya ha pasado.
Diría que el aquí y el ahora es la presencia que se hace consciente de sí. Simplemente, nuestra conciencia del Ser. Nos identificamos con lo que creemos ser, pero no somos nuestro nombre ya que eso solo sería como una etiqueta, ni nuestro cuerpo, que aunque no queramos, esté cambia continuamente; ni tan siquiera somos las ideas que nuestro pensamiento crea sobre nosotros mismo, ideas que a veces nos hace sentir tan volubles como una pluma al viento. Podría decir que somos, simplemente, presencia, consciencia. La presencia que se da cuenta de que uno piensa, siente, vive, es. Esa presencia tan pura y tan simple, tan desnuda y esencial, tan obvia, que la acabamos por obviar, por olvidar.
La vida y todas sus posibilidades se encuentran concentradas en toda su potencia en el presente, aquí y ahora y se crean desde ese centro, desde ese Yo Soy.
Se le preguntó al sabio anciano:
-        ¿Cuál ha sido el día más especial de su vida? ¿Y quién fue la persona más importante?
-        El día más especial de mi vida es HOY- respondió-. Y la persona más importante es con la que ahora estoy hablando.

Montse Parejo
Psico-Oncóloga

lunes, 6 de noviembre de 2017

La bellota y el monje

Paseaban el maestro y el aprendiz por el bosque y de pronto el maestro le dijo al alumno: “¿ves esa bellota? Cógela”. El alumno la cogió, y ambos siguieron andando. De pronto se encontraron con un arbolito pequeñito y el maestro le dijo al alumno: “¿ves ese arbolito? Trata de arrancarlo”. El alumno tras mucho esfuerzo al fin lo logró. Siguieron andando y se toparon de frente con un inmenso roble grande y frondoso, con tronco grueso y raíces profundas. El maestro le dijo al alumno: “¿Ves ese roble? Arráncalo”. El alumno miró al maestro extrañado y le dijo: “maestro si con el arbolito casi no pude, ¿cómo voy a poder arrancar este roble?”. El maestro contestó: “tus hábitos son como ese roble, cuando están muy profundamente arraigados es prácticamente imposible cambiarlos. Todo empieza con esa diminuta bellota que llevas en las manos. Si identificas que es negativo al principio es fácilmente remplazable. Si lo dejas por mucho tiempo, te pasará como con el arbolito, costará, pero con esfuerzo lo lograrás. Si dejas que tus hábitos negativos se instalen en tu vida demasiado tiempo, se convertirán en un enorme roble imposible de arrancar”.

Reflexión:
Empezamos a saber que percibimos la realidad a través de un filtro que son nuestras creencias. No vemos con los ojos, vemos con nuestro cerebro. Los ojos captan la información, el cerebro la procesa y emite un juicio. Le da un significado. El cerebro procesa en función de sus creencias, condicionamientos (lo que hemos oído, visto y nuestras propias experiencias), presuposiciones, cultura, etc.
Muchas personas tienden a pensar que sus creencias son universalmente ciertas y esperan que los demás las compartan. No se dan cuenta que el sistema de creencias y valores es algo exclusivamente personal y en muchos casos muy diferentes del de los demás. Nosotros no vivimos la realidad en sí, sino una elaboración mental de la misma. Lo que hace que la vida sea un constante manantial de esperanza y ricas alternativas o una inevitable fuente de sufrimiento.
Cuando una creencia se instala en nosotros de forma sólida y consistente (cómo el roble), nuestra mente elimina o no tiene en cuenta las experiencias que nos casan con ella. Por eso se dice que, “No vemos las cosas tal cual son, las vemos tal cual somos”.
Es bien sabido que, si alguien realmente cree que puede hacer algo, lo hará y si cree que es imposible hacerlo, ningún esfuerzo por grande que éste sea logrará convencerlo de que se pueda realizar. Todos tenemos creencias que nos sirven como recursos y también creencias que nos limitan. Sería bueno pasar a integrar la “duda” en nuestras vidas. Nos podríamos plantear varias suposiciones: “¿Y por qué tiene que ser así? ¿O porque yo no voy a poder? Abrirnos a otras posibilidades sería lo más adaptativo, pero para ello tendremos que empezar a aprender a “dudar”, pero no del “otro” sino de nosotros mismos.

“No podemos no tener creencias”, diríamos que es una necesidad del ser humano. Podríamos decir que “una creencia no es solamente una idea que la mente posee, sino una idea que posee a la mente”. Muchas personas tienen una idea de lo que es correcto pero muy pocas se cuestionan si esa idea es correcta.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

lunes, 2 de octubre de 2017

Las piedras del camino

Hu-Ssong, propuso a sus discípulos el siguiente relato:
"Un hombre iba por un camino y tropezó con una gran piedra. La recogió y la llevó consigo. Poco después tropezó con otra, igualmente la cargó. Todas las piedras con las que iba tropezando las fue cargando, hasta que aquel peso se volvió tan insoportable que el hombre ya no pudo caminar"
- ¿Qué piensan ustedes de este hombre?, les preguntó el maestro.
- "Qué es un necio", respondió uno de los discípulos. "¿Para qué cargaba las piedras con que tropezaba?"
Dijo Hu-Ssong:
- "Eso es lo que hacen aquellos que cargan las ofensas que otros les han hecho, los agravios sufridos, y aun la amargura de las propias equivocaciones. Todo eso lo debemos dejar atrás, y no cargar las pesadas piedras del rencor contra los demás o contra nosotros mismos. Si hacemos a un lado esa inútil carga, si no la llevamos con nosotros, nuestro camino será más ligero y nuestro paso más seguro".

Reflexión:
Algunas personas van por la vida mostrando el tamaño y la forma de las piedras que les ha tocado cargar sobre sus espaldas y hay otros que aunque nunca se quejan, en sus miradas reflejan el peso que llevan encima. Esta es una forma de ir por la vida que nos suena conocida, cargar con todos los problemas que se nos presentan en la vida como si lleváramos un estigma y temiendo por las piedras que nos encontraremos, y de esta forma vamos llenando nuestra mochila, sin ser consciente del que peso que hemos decidido cargar.
Sería bueno darnos cuenta que no sirve de nada seguir cargando con el peso de nuestro pasado pues lo único que conseguimos con ello es no lograr avanzar y no nos damos cuenta de que al llevar toda esa carga, nos impide disfrutar de nuestro presente y de lo que la vida nos tenga preparado.
Cuando estamos atravesando un camino duro, angosto, lo primero que solemos hacer es quejarnos, maldecir a la vida y maldecirnos a nosotros mismos de nuestra mala suerte por no haber cogido el camino adecuado, o porque no nos merecemos esto que nos está pasando. No vemos que con esta actitud estamos continuamente rechazando o despreciando nuestra vida, porque está no viene como uno esperaba o desearía.
Que difícil nos resulta aceptar, aceptar que las cosas son como son y no como uno querría que fueran. Aceptar no es fácil pero vivir como vivimos tampoco ayuda mucho. Hace poco escuche una frase que decía: "La vida tiene sentido propio, lo que no tiene sentido es la forma en la que la vivimos". Es en esos momentos cuando más compasivos debemos ser con nosotros mismos. No podemos evitar que la vida nos venga con dolor, tristeza, decepción, amargura,...,porque todo esto forma parte de la vida. Introducir la "amabilidad" hacia nosotros es algo que podríamos aprender a hacer. No somos conscientes de los mensajes que continuamente nos estamos dando, ¿cual es el diálogo que mantenemos con nosotros mismos?, rara vez nos hablamos en positivo, sin darnos cuenta del flaco favor que nos estamos haciendo. No olvides ser amable contigo, sobre todo cuando no estés pasando por un buen momento.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

martes, 4 de julio de 2017

La metáfora de la Langosta

Cuando una langosta sale del mar y se queda entre las rocas, no tiene el instinto ni la energía suficiente para ir de vuelta al mar. La langosta espera que una ola venga hacia ella y la devuelva al agua, y si no viene, se queda dónde está y se muere.
La langosta se queda inmóvil, expectante, solo espera que la ola la lleve de regreso a su hábitat sin saber, ni plantearse que con un pequeño impulso podría alcanzar su objetivo.
Podríamos decir que el mundo está lleno de “humanos langostas”. Personas que vararon en las rocas de la indecisión, de la desidia, y que, en vez de avanzar con su propia energía, están esperando una gran ola, que haga que su suerte cambie y los devuelvan al mar.

Extraído de la poesía del Dr. Orison Swett Marden

Reflexión
Todos buscamos el mismo propósito, ser felices, estar libres de sufrimiento y estar en paz, como nos encaminemos a alcanzar estos propósitos depende de cada uno de nosotros.
No nos damos cuenta de que somos responsables de dónde decidimos poner nuestra atención. Si ponemos nuestra atención en el futuro, esté vendrá repleto de incertidumbres, nos invadirá el miedo, nos veremos incapaces de resolver los obstáculos que imaginemos que la vida nos pondrá, todo esto nos va a generar ansiedad. La ansiedad es un estado de inquietud en el cual sufrimos en el presente por algo que ni siquiera sabemos con certeza que se va a manifestar en el futuro. Si ponemos nuestra atención en el pasado, nos sumirá en una tristeza porque creeremos que no nos debió de pasar tal o cual cosa. En el momento en el que nos abrimos a aceptar algo, nos estamos abriendo a considerar que puede haber una oportunidad oculta en esa situación que nos está tocando vivir y de esta manera buscar el otro lado de la moneda. El potencial que cada uno de nosotros tiene solo se nos revela cuando estamos fuera de nuestra zona de confort y nos encontramos frente a lo desconocido.
Nuestra vida no es una teoría ni una técnica, ni una opinión es pura conciencia, pura experiencia, la vida solo se puede aprender viviéndola. Pensamos y creemos que la vida pasa para “afuera” y la vida para para “adentro”.
La frase “en la vida no hay amigos, ni enemigos, sino maestros” nos podría invitar a pensar que a veces las personas que no nos agradan son las que tienden a enseñarnos acerca de nosotros mismos. Y aquellas en las que vemos algo que nos gusta, también nos está hablando de nosotros. La vida nos trae lecciones para que podamos desarrollar nuestro verdadero potencial y poder llegar a nuestra verdadera esencia sobre nosotros mismos.
Hace poco escuche una cita que decía, “Esperar que la vida te trate bien por ser una buena persona, es como esperar que un tigre no te ataque por ser vegetariano”.
Recuerda, “No esperes a tenerlo todo para disfrutar de la vida ya tienes la vida para disfrutarlo todo”.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

miércoles, 31 de mayo de 2017

Todo es aprendizaje

Se cuenta que dos jóvenes monjes de un monasterio tibetano fueron encargados, por su maestro, de comprar los comestibles del mes en un pueblo lejano. Ambos viajaron hasta allí con los ahorros que le habían dado, realizaron la compra e iniciaron el regreso.
Ya con los víveres y de vuelta al monasterio, hallaron un hombre viejo sentado al lado del camino que les interpeló:
 - ¿Cómo seguís este camino? ¿Es que no sabéis que está lleno de bandidos que os van a atracar? Si cogéis el sendero de la derecha viajaréis más seguros y mejor.
Así lo hicieron los jóvenes. Sin embargo, fueron asaltados y perdieron todos los víveres. Al llegar desolados al monasterio, el maestro hizo pasar al primer monje a su aposento y le interrogó:
-  - Dime, ¿Qué has aprendido de lo que os ha ocurrido?
-  - Maestro, he aprendido, que no debo confiar en desconocidos, dijo el joven monje.
A continuación, hizo pasar al segundo monje y le hizo la misma pregunta:
-   - Dime, ¿Qué has aprendido de lo que os ha ocurrido?
- -   He aprendido a esperar lo inesperado.

A la mañana siguiente el primer monje salió del monasterio para no volver. El segundo se quedó: había realizado el aprendizaje correcto.

Reflexión:
Nos cuesta entender y aceptar que no podemos controlarlo todo,. Nunca actúas sobre lo que sucede sino sobre tu interpretación de lo que sucede. Como construyas dicha interpretación es vital, porque determina tanto tu experiencia como tu comportamiento.
Hay una cosa que olvidamos a menudo y es que estamos aprendiendo, quizás sería bueno tomarnos la vida como un aprendizaje, abrirnos a sentir que todo lo que nos pasa, es para algo, podríamos dejar de juzgar la vida, etiquetándola de "buena" o "mala", de esta forma nos permitiríamos vivir lo que puede aportarnos dichas experiencias.
Quizás eso que te irrita te está enseñando sobre la paciencia. Aquellos que te abandonan t están enseñando a valerte por ti mismo. Eso que te enoja te está enseñando sobre la compasión y el perdón. Todo eso que odias te está enseñando sobre el amor incondicional. Eso a lo que temes te está enseñando sobre el coraje y sobre como superar tus miedos. Todo aquello que no puedes controlar te está enseñando a aprender a soltar.
Decididamente nada ocurre sin un motivo, todo lo que nos ocurre trae una lección para enseñarnos algo.
El sufrimiento estará muy presente sino aprendemos a vivir la vida de otra manera, no podemos evitar el dolor, ni la pena, ni cualquier otro sentimiento, pero si podemos vivirlo sin sufrimiento. Tal y como dice el maestro Osho, sufrimos por: "Querer controlarlo todo, por desear que las cosas sean como tú quieres, por aferrarse a lo que no puede ser, por desear que el pasado sea diferente, por querer que otros sean como tú quieres que sean, por no aceptarse tal y como eres en cada momento. En resumen, por vivir en tu mente y perderte de lo único que tenemos, del presente".
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

miércoles, 19 de abril de 2017

Parar para ver

Erase una vez un hombre que sentía que siempre tenía muy mala suerte. Los años pasaban y aunque se esforzaba mucho, todo era en vano, seguía teniendo mala suerte. Así fueron pasando los años, hasta que un día pensó que su situación debía de cambiar. Llego a la conclusión de que necesitaba ayuda y quién mejor que el Dios de la suerte para dársela. Así que decidió ir a verle para pedirle que le ayudara. Metió todo lo necesario para el viaje en un hatillo y se puso en marcha, caminó y caminó durante mucho tiempo.
Al cabo de unos días, llegó al bosque y abriéndose paso entre la maleza, de repente escuchó una voz estridente. Asombrado buscó el origen de esa voz, y se encontró con un lobo ¡cómo estaba el pobre animalito! Se le podían contar las costillas y hasta el pelo se le caía a mechones, daba auténtica pena verlo. ¿Qué te pasa lobo? Estoy mal, de un tiempo a esta parte todo me va mal. No tienes más que observar mi aspecto... ¡No! No me cuentes nada más porque yo también tengo mala suerte. Por eso voy a ver al Dios de la suerte para pedirle que me la cambie. Por favor, le rogó el lobo, pídele también consejo para mí. Muy bien, no te preocupes que yo se lo pediré. Hasta pronto.
Caminó, caminó y caminó durante mucho tiempo. Al fin llegó a la sabana. Hacía mucho calor. El sol quemaba y la sabana parecía no tener fin, suplicante exclamó para sí, ¡Ay, que no daría yo por un poco de sombra! Nada más terminó de desearlo, vio a lo lejos un maravilloso árbol frondoso, cuya sombra invitaba a reposar, llegó hasta él y se recostó a descansar apoyándose en su tronco. Al cerrar los ojos, oyó una voz como un lamento que no paraba de sollozar. El hombre se sobresaltó, se incorporó, pero no pudo ver a nadie quejándose cerca de él, así que se recostó de nuevo, pero volvió a escuchar de nuevo la voz sin saber la procedencia de aquellos lamentos, intrigadísimo, por fin se le ocurrió preguntar: ¿Eres tú, árbol? Sí, yo soy. ¿Qué te pasa árbol? No lo sé, de un tiempo a esta parte todo me va mal, ¿no ves mis ramas torcidas y mis hojas marchitas? ¡No sigas!  ¡Ya sé de qué me estás hablando! Yo también tengo mala suerte por eso voy a pedirle al Dios de la suerte que me la cambie. Por favor, pídele también consejo para mí, le suplicó el árbol. No te preocupes, lo haré. Y con esta nueva promesa se marchó y siguió su camino y empezó a adentrarse en unos cerros que había más allá de la sabana. Desde lo alto de la colina, divisó un maravilloso valle, parecía un paraíso, estaba lleno de árboles, flores, prados, un riachuelo, pájaros...era un maravilloso lugar. Bajo hasta el valle y descubrió una casa muy acogedora. Se acercó a ella y en el porche vio a una mujer muy hermosa que parecía esperarle. Ven viajero, ven a descansar. El hombre estaba agotado así que aceptó. Pasaron una velada muy especial, tomaron una sabrosa comida y durante la cena, la mujer le contó que se sentía triste, ya que, aunque vivía en un hermoso lugar, ella notaba que le faltaba algo, él le dijo, no sigas, conozco esa sensación, por eso voy a ver al Dios de la suerte para que me ayude. La mujer le suplicó, dile que te dé consejo para mí.
A la mañana siguiente el hombre prosiguió su viaje. Tras caminar mucho y muchísimo tiempo, el hombre llegó al fin del mundo, de pronto, enfrente suyo, se formó una nube, ésta fue adquiriendo forma y terminó transformándose en la cara de un hombre.
¿Tú eres el Dios de la suerte? Sí, yo soy. Tú sabes que las cosas me van mal y he venido para pedirte que cambies mi suerte. Bien, estoy de acuerdo en hacer eso por ti, pero sólo con una condición. Tienes que estar muy atento y buscar tú mismo, tu buena suerte. El hombre muy contento y satisfecho, se despidió de Dios, quería llegar cuanto antes a su casa para ver si su suerte había cambiado realmente, así que corrió y corrió y llegó hasta aquel valle. Ya casi estaba pasando de largo la casa de aquella mujer, cuando ella, que estaba en el porche, lo llamó ¡Eh, espera, cuéntame lo que ha pasado! He visto a Dios y me ha prometido que me va a ayudar, sólo me pidió que estuviera atento, ahora tengo que irme, he de buscar mi buena suerte ¿Y no te ha dado un consejo para mí? A ver...a ver si recuerdo... ¡Ah! Me dijo que lo que te falta es un hombre, un compañero, ante estas palabras la cara de la mujer se iluminó y le dijo ¿No quieres ser tú ese hombre? Me gustaría mucho pero no puedo, tengo que seguir mi camino y buscar mi buena suerte y corrió y corrió mucho más tiempo, después paso de nuevo por la sabana y al pasar al lado del árbol, éste le hizo detener ¿Que ha pasado buen hombre? El hombre volvió a relatar su historia y nada más terminarla quiso seguir su camino, pero el árbol le detuvo. Y para mí, ¿para mí no te dio ningún consejo? A ver...me dijo que debajo de tus raíces había un enorme tesoro que te impide crecer. Lo único que tienes que hacer es sacarlo y todo te irá bien de nuevo. Verás, le dijo el árbol, yo no puedo desenterrar el tesoro, si tú lo quieres hacer por mí, te lo podrás llevar y así serás, muy rico, a mí no me sirve y lo único que yo quiero es que mis raíces crezcan de nuevo en plena libertad. El hombre impaciente y un poco fastidiado le respondió, me encantaría ayudarte, pero no puedo, porque he de seguir mi camino y buscar mi buena suerte, lo siento árbol.
El hombre precipitadamente, emprendió su marcha y corriendo se alejó de allí, corrió y corrió durante mucho tiempo. Llegó al bosque, y de pronto oyó aquellos lastimosos quejidos del lobo. Iba a pasar de largo, pero el pobre animal lo llamó. El hombre a toda prisa le contó su historia y todo lo que le había sucedido en su viaje de regreso a casa, el lobo al igual que los demás, también le preguntó, y para mí ¿para mí no te dio también un consejo? A ver..., me dijo que para ponerte de nuevo fuerte sólo tenías que hacer una cosa, comerte a la criatura más tonta de la tierra y que entonces todo te irá bien.
El lobo se levantó y con sus últimas fuerzas, se abalanzó sobre el hombre y ... ¡lo devoró!

Reflexión:
Qué importante y necesario sería poder “pararnos” para de esta forma contemplar o ver que es lo que podemos necesitar, pero vamos por la vida quejándonos continuamente de nuestra mala suerte y no nos damos cuenta de que la vida nos da multitud de señales para poder vivir una vida mejor, pero tenemos tan ancladas nuestras creencias de cómo debe ser nuestra vida, que al final la vida pasa sin que nos permitamos disfrutarla. Sería bueno “parar” ya que si no lo hacemos nosotros la vida de un modo u otro lo hará.

Montse Parejo. 
Psico-Oncóloga

domingo, 12 de marzo de 2017

El tigre y la liebre

Que gran decepción tenía el joven de esta historia... Su amargura absoluta era por la forma tan inhumana en que se comportaban todas las personas. Al parecer, ya a nadie le importaba nadie.
Un día, dando un paseo por el monte, vio sorprendido que una pequeña liebre le llevaba comida a un enorme tigre malherido, el cual no podía valerse por sí mismo. Le impresionó tanto al ver este hecho, que regresó al día siguiente para ver si el comportamiento de la liebre era casual o habitual.
Con enorme sorpresa pudo comprobar que la escena se repetía: la liebre dejaba un buen trozo de carne cerca del tigre. Pasaron los días y la escena se repitió de un modo idéntico, hasta que el tigre recuperó las fuerzas y pudo buscar la comida por su propia cuenta.

Admirado por la solidaridad y cooperación entre los animales, se dijo: "No todo está perdido... Si los animales, que son inferiores a nosotros, son capaces de ayudarse de este modo, mucho más lo haremos las personas".
Y decidió hacer la experiencia: Se tiró al suelo, simulando que estaba herido, y se puso a esperar que pasara alguien y le ayudara.

Pasaron las horas, llegó la noche y nadie se acercó en su ayuda. Estuvo así durante todo el otro día, mucho más decepcionado que cuando comenzamos a leer esta historia, con la convicción de que la humanidad no tenía el menor remedio, sintió dentro de sí todo el desespero del hambriento, la soledad del enfermo, la tristeza del abandono... Su corazón estaba devastado, ya casi no sentía deseo de levantarse, entonces allí, en ese instante, lo oyó...¡Con qué claridad, qué hermoso!, una hermosa voz, muy dentro de él, le dijo: "Si quieres encontrar a tus semejantes, si quieres sentir que todo ha valido la pena, si quieres seguir creyendo en la humanidad, para encontrar a tus semejantes como hermanos, deja de hacer de tigre y simplemente sé la liebre".

Reflexión:
Puede ser que a lo largo de nuestra vida hayamos sido más tigres que liebres.
Tomar conciencia de nuestra vida, de nuestro interior, de lo que pensamos y de lo que sentimos, nos transforma. La imagen que tenemos de nosotros está tejida de pensamientos de lo que creemos ser, no de lo que realmente yo “soy”. No me canso de repetir que las cualidades que cultivamos en nuestra mente y en el corazón influyen poderosamente en nuestro bienestar físico y psicológico.
El desarrollar nuevas capacidades que nos lleven a poder percibir, actuar, pensar y sentir de otra manera no solo propicia una mejor salud y una mayor felicidad, sino que además como demuestran estudios actuales pueden modificar nuestra fisiología y nuestra neurología.
Hay muchas maneras de ayudar a los demás, a veces un simple gesto tiene mucha más fuerza de lo que podríamos imaginar. Ya lo decía el escritor León Tolstói, “El que ayuda a los demás se ayuda a sí mismo”. Muchas veces delegamos en los demás lo que deberíamos hacer nosotros, si el otro no me ama, no me respeta o no me cuida como yo necesito, decimos “mi vida no vale nada” y no nos damos cuenta que somos nosotros, los que debemos darnos todas esas atenciones, mi vida empieza y acaba conmigo, con la persona que vamos a convivir el resto de nuestra vida es con uno mismo.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga