miércoles, 31 de mayo de 2017

Todo es aprendizaje

Se cuenta que dos jóvenes monjes de un monasterio tibetano fueron encargados, por su maestro, de comprar los comestibles del mes en un pueblo lejano. Ambos viajaron hasta allí con los ahorros que le habían dado, realizaron la compra e iniciaron el regreso.
Ya con los víveres y de vuelta al monasterio, hallaron un hombre viejo sentado al lado del camino que les interpeló:
 - ¿Cómo seguís este camino? ¿Es que no sabéis que está lleno de bandidos que os van a atracar? Si cogéis el sendero de la derecha viajaréis más seguros y mejor.
Así lo hicieron los jóvenes. Sin embargo, fueron asaltados y perdieron todos los víveres. Al llegar desolados al monasterio, el maestro hizo pasar al primer monje a su aposento y le interrogó:
-  - Dime, ¿Qué has aprendido de lo que os ha ocurrido?
-  - Maestro, he aprendido, que no debo confiar en desconocidos, dijo el joven monje.
A continuación, hizo pasar al segundo monje y le hizo la misma pregunta:
-   - Dime, ¿Qué has aprendido de lo que os ha ocurrido?
- -   He aprendido a esperar lo inesperado.

A la mañana siguiente el primer monje salió del monasterio para no volver. El segundo se quedó: había realizado el aprendizaje correcto.

Reflexión:
Nos cuesta entender y aceptar que no podemos controlarlo todo,. Nunca actúas sobre lo que sucede sino sobre tu interpretación de lo que sucede. Como construyas dicha interpretación es vital, porque determina tanto tu experiencia como tu comportamiento.
Hay una cosa que olvidamos a menudo y es que estamos aprendiendo, quizás sería bueno tomarnos la vida como un aprendizaje, abrirnos a sentir que todo lo que nos pasa, es para algo, podríamos dejar de juzgar la vida, etiquetándola de "buena" o "mala", de esta forma nos permitiríamos vivir lo que puede aportarnos dichas experiencias.
Quizás eso que te irrita te está enseñando sobre la paciencia. Aquellos que te abandonan t están enseñando a valerte por ti mismo. Eso que te enoja te está enseñando sobre la compasión y el perdón. Todo eso que odias te está enseñando sobre el amor incondicional. Eso a lo que temes te está enseñando sobre el coraje y sobre como superar tus miedos. Todo aquello que no puedes controlar te está enseñando a aprender a soltar.
Decididamente nada ocurre sin un motivo, todo lo que nos ocurre trae una lección para enseñarnos algo.
El sufrimiento estará muy presente sino aprendemos a vivir la vida de otra manera, no podemos evitar el dolor, ni la pena, ni cualquier otro sentimiento, pero si podemos vivirlo sin sufrimiento. Tal y como dice el maestro Osho, sufrimos por: "Querer controlarlo todo, por desear que las cosas sean como tú quieres, por aferrarse a lo que no puede ser, por desear que el pasado sea diferente, por querer que otros sean como tú quieres que sean, por no aceptarse tal y como eres en cada momento. En resumen, por vivir en tu mente y perderte de lo único que tenemos, del presente".
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

miércoles, 19 de abril de 2017

Parar para ver

Erase una vez un hombre que sentía que siempre tenía muy mala suerte. Los años pasaban y aunque se esforzaba mucho, todo era en vano, seguía teniendo mala suerte. Así fueron pasando los años, hasta que un día pensó que su situación debía de cambiar. Llego a la conclusión de que necesitaba ayuda y quién mejor que el Dios de la suerte para dársela. Así que decidió ir a verle para pedirle que le ayudara. Metió todo lo necesario para el viaje en un hatillo y se puso en marcha, caminó y caminó durante mucho tiempo.
Al cabo de unos días, llegó al bosque y abriéndose paso entre la maleza, de repente escuchó una voz estridente. Asombrado buscó el origen de esa voz, y se encontró con un lobo ¡cómo estaba el pobre animalito! Se le podían contar las costillas y hasta el pelo se le caía a mechones, daba auténtica pena verlo. ¿Qué te pasa lobo? Estoy mal, de un tiempo a esta parte todo me va mal. No tienes más que observar mi aspecto... ¡No! No me cuentes nada más porque yo también tengo mala suerte. Por eso voy a ver al Dios de la suerte para pedirle que me la cambie. Por favor, le rogó el lobo, pídele también consejo para mí. Muy bien, no te preocupes que yo se lo pediré. Hasta pronto.
Caminó, caminó y caminó durante mucho tiempo. Al fin llegó a la sabana. Hacía mucho calor. El sol quemaba y la sabana parecía no tener fin, suplicante exclamó para sí, ¡Ay, que no daría yo por un poco de sombra! Nada más terminó de desearlo, vio a lo lejos un maravilloso árbol frondoso, cuya sombra invitaba a reposar, llegó hasta él y se recostó a descansar apoyándose en su tronco. Al cerrar los ojos, oyó una voz como un lamento que no paraba de sollozar. El hombre se sobresaltó, se incorporó, pero no pudo ver a nadie quejándose cerca de él, así que se recostó de nuevo, pero volvió a escuchar de nuevo la voz sin saber la procedencia de aquellos lamentos, intrigadísimo, por fin se le ocurrió preguntar: ¿Eres tú, árbol? Sí, yo soy. ¿Qué te pasa árbol? No lo sé, de un tiempo a esta parte todo me va mal, ¿no ves mis ramas torcidas y mis hojas marchitas? ¡No sigas!  ¡Ya sé de qué me estás hablando! Yo también tengo mala suerte por eso voy a pedirle al Dios de la suerte que me la cambie. Por favor, pídele también consejo para mí, le suplicó el árbol. No te preocupes, lo haré. Y con esta nueva promesa se marchó y siguió su camino y empezó a adentrarse en unos cerros que había más allá de la sabana. Desde lo alto de la colina, divisó un maravilloso valle, parecía un paraíso, estaba lleno de árboles, flores, prados, un riachuelo, pájaros...era un maravilloso lugar. Bajo hasta el valle y descubrió una casa muy acogedora. Se acercó a ella y en el porche vio a una mujer muy hermosa que parecía esperarle. Ven viajero, ven a descansar. El hombre estaba agotado así que aceptó. Pasaron una velada muy especial, tomaron una sabrosa comida y durante la cena, la mujer le contó que se sentía triste, ya que, aunque vivía en un hermoso lugar, ella notaba que le faltaba algo, él le dijo, no sigas, conozco esa sensación, por eso voy a ver al Dios de la suerte para que me ayude. La mujer le suplicó, dile que te dé consejo para mí.
A la mañana siguiente el hombre prosiguió su viaje. Tras caminar mucho y muchísimo tiempo, el hombre llegó al fin del mundo, de pronto, enfrente suyo, se formó una nube, ésta fue adquiriendo forma y terminó transformándose en la cara de un hombre.
¿Tú eres el Dios de la suerte? Sí, yo soy. Tú sabes que las cosas me van mal y he venido para pedirte que cambies mi suerte. Bien, estoy de acuerdo en hacer eso por ti, pero sólo con una condición. Tienes que estar muy atento y buscar tú mismo, tu buena suerte. El hombre muy contento y satisfecho, se despidió de Dios, quería llegar cuanto antes a su casa para ver si su suerte había cambiado realmente, así que corrió y corrió y llegó hasta aquel valle. Ya casi estaba pasando de largo la casa de aquella mujer, cuando ella, que estaba en el porche, lo llamó ¡Eh, espera, cuéntame lo que ha pasado! He visto a Dios y me ha prometido que me va a ayudar, sólo me pidió que estuviera atento, ahora tengo que irme, he de buscar mi buena suerte ¿Y no te ha dado un consejo para mí? A ver...a ver si recuerdo... ¡Ah! Me dijo que lo que te falta es un hombre, un compañero, ante estas palabras la cara de la mujer se iluminó y le dijo ¿No quieres ser tú ese hombre? Me gustaría mucho pero no puedo, tengo que seguir mi camino y buscar mi buena suerte y corrió y corrió mucho más tiempo, después paso de nuevo por la sabana y al pasar al lado del árbol, éste le hizo detener ¿Que ha pasado buen hombre? El hombre volvió a relatar su historia y nada más terminarla quiso seguir su camino, pero el árbol le detuvo. Y para mí, ¿para mí no te dio ningún consejo? A ver...me dijo que debajo de tus raíces había un enorme tesoro que te impide crecer. Lo único que tienes que hacer es sacarlo y todo te irá bien de nuevo. Verás, le dijo el árbol, yo no puedo desenterrar el tesoro, si tú lo quieres hacer por mí, te lo podrás llevar y así serás, muy rico, a mí no me sirve y lo único que yo quiero es que mis raíces crezcan de nuevo en plena libertad. El hombre impaciente y un poco fastidiado le respondió, me encantaría ayudarte, pero no puedo, porque he de seguir mi camino y buscar mi buena suerte, lo siento árbol.
El hombre precipitadamente, emprendió su marcha y corriendo se alejó de allí, corrió y corrió durante mucho tiempo. Llegó al bosque, y de pronto oyó aquellos lastimosos quejidos del lobo. Iba a pasar de largo, pero el pobre animal lo llamó. El hombre a toda prisa le contó su historia y todo lo que le había sucedido en su viaje de regreso a casa, el lobo al igual que los demás, también le preguntó, y para mí ¿para mí no te dio también un consejo? A ver..., me dijo que para ponerte de nuevo fuerte sólo tenías que hacer una cosa, comerte a la criatura más tonta de la tierra y que entonces todo te irá bien.
El lobo se levantó y con sus últimas fuerzas, se abalanzó sobre el hombre y ... ¡lo devoró!

Reflexión:
Qué importante y necesario sería poder “pararnos” para de esta forma contemplar o ver que es lo que podemos necesitar, pero vamos por la vida quejándonos continuamente de nuestra mala suerte y no nos damos cuenta de que la vida nos da multitud de señales para poder vivir una vida mejor, pero tenemos tan ancladas nuestras creencias de cómo debe ser nuestra vida, que al final la vida pasa sin que nos permitamos disfrutarla. Sería bueno “parar” ya que si no lo hacemos nosotros la vida de un modo u otro lo hará.

Montse Parejo. 
Psico-Oncóloga

domingo, 12 de marzo de 2017

El tigre y la liebre

Que gran decepción tenía el joven de esta historia... Su amargura absoluta era por la forma tan inhumana en que se comportaban todas las personas. Al parecer, ya a nadie le importaba nadie.
Un día, dando un paseo por el monte, vio sorprendido que una pequeña liebre le llevaba comida a un enorme tigre malherido, el cual no podía valerse por sí mismo. Le impresionó tanto al ver este hecho, que regresó al día siguiente para ver si el comportamiento de la liebre era casual o habitual.
Con enorme sorpresa pudo comprobar que la escena se repetía: la liebre dejaba un buen trozo de carne cerca del tigre. Pasaron los días y la escena se repitió de un modo idéntico, hasta que el tigre recuperó las fuerzas y pudo buscar la comida por su propia cuenta.

Admirado por la solidaridad y cooperación entre los animales, se dijo: "No todo está perdido... Si los animales, que son inferiores a nosotros, son capaces de ayudarse de este modo, mucho más lo haremos las personas".
Y decidió hacer la experiencia: Se tiró al suelo, simulando que estaba herido, y se puso a esperar que pasara alguien y le ayudara.

Pasaron las horas, llegó la noche y nadie se acercó en su ayuda. Estuvo así durante todo el otro día, mucho más decepcionado que cuando comenzamos a leer esta historia, con la convicción de que la humanidad no tenía el menor remedio, sintió dentro de sí todo el desespero del hambriento, la soledad del enfermo, la tristeza del abandono... Su corazón estaba devastado, ya casi no sentía deseo de levantarse, entonces allí, en ese instante, lo oyó...¡Con qué claridad, qué hermoso!, una hermosa voz, muy dentro de él, le dijo: "Si quieres encontrar a tus semejantes, si quieres sentir que todo ha valido la pena, si quieres seguir creyendo en la humanidad, para encontrar a tus semejantes como hermanos, deja de hacer de tigre y simplemente sé la liebre".

Reflexión:
Puede ser que a lo largo de nuestra vida hayamos sido más tigres que liebres.
Tomar conciencia de nuestra vida, de nuestro interior, de lo que pensamos y de lo que sentimos, nos transforma. La imagen que tenemos de nosotros está tejida de pensamientos de lo que creemos ser, no de lo que realmente yo “soy”. No me canso de repetir que las cualidades que cultivamos en nuestra mente y en el corazón influyen poderosamente en nuestro bienestar físico y psicológico.
El desarrollar nuevas capacidades que nos lleven a poder percibir, actuar, pensar y sentir de otra manera no solo propicia una mejor salud y una mayor felicidad, sino que además como demuestran estudios actuales pueden modificar nuestra fisiología y nuestra neurología.
Hay muchas maneras de ayudar a los demás, a veces un simple gesto tiene mucha más fuerza de lo que podríamos imaginar. Ya lo decía el escritor León Tolstói, “El que ayuda a los demás se ayuda a sí mismo”. Muchas veces delegamos en los demás lo que deberíamos hacer nosotros, si el otro no me ama, no me respeta o no me cuida como yo necesito, decimos “mi vida no vale nada” y no nos damos cuenta que somos nosotros, los que debemos darnos todas esas atenciones, mi vida empieza y acaba conmigo, con la persona que vamos a convivir el resto de nuestra vida es con uno mismo.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

lunes, 23 de enero de 2017

El sueño del rey

Había un monarca en un floreciente y próspero reino del norte de la India. Era rico y poderoso. Su padre le había enseñado a ser magnánimo y generoso, y, antes de fallecer, le había dicho:
- Hijo, cualquiera puede por destino o por azar, tener mucho, pero lo importante no es tenerlo, sino saberlo dar y compartir. No hay peor cualidad que la avaricia. Sé siempre generoso. Tienes mucho, así que da mucho a los otros.
Durante algunos años, tras la muerte de su padre, el rey se mostró generoso y espléndido. Pero a partir de un día, poco a poco, se fue tornando avaro y no sólo empezó a no compartir nada con los otros, sino que comenzó incluso a negarse hasta las necesidades básicas a sí mismo. Realmente se comportaba como un pordiosero. El rey vestía harapos, estaba sucio y maloliente, en contraste con el palacio esplendoroso en el que habitaba, incluso iba descalzo y ni siquiera lucía ningún adorno real. Su asistente personal, que también lo había sido de su padre, estaba tan preocupado que hizo llamar a Rishi, un sabio que vivía en una cueva en las altas montañas del Himalaya. El sirviente le contó el problema del rey, que aun siendo uno de los reyes más ricos se comportaba como un pordiosero, y lo peor es que no sabían porque su rey se comportaba así. El rey accedió a ver a Rishi, siempre que no tuviese que pagarle, ya que se sentía tan, tan pobre. Cuando estuvo frente a Rishi, el rey no pudo contener su llanto ya que se sentía muy desgraciado y creía que estaba totalmente arruinado, "nada puedes sacarme, porque nada tengo. Incluso cuando estos harapos se terminen de estropear, ¿con qué cubriré mi cuerpo?"
Entonces Rishi entornó los ojos, concentró su mente y como un halo de luz, se coló en el cerebro del monarca. Allí vio el sueño que tenía el rey noche tras noche: soñaba que era un mendigo, el más paupérrimo de los mendigos. Y por ese motivo, aunque era un rey rico y poderoso, se comportaba como un pordiosero. Logró en días sucesivos enseñar al rey a que dominará sus pensamientos y a que cambiará la actitud de su mente. El monarca volvió a ser generoso, pero no consiguió que Rishi aceptará ningún obsequio por tan estimable ayuda.

Reflexión:
Tal es el poder del pensamiento, así como piensas, así eres.
Le damos tanta credibilidad a nuestros pensamientos y a nuestras emociones que le otorgamos el poder de nuestras vidas, sin darnos cuenta de que continuamente estamos haciendo interpretaciones de las cosas que nos suceden. Observa: "me gusta, no me gusta", "esto es bueno, esto es malo", "esto es verdad, esto es mentira"..., todo son interpretaciones. No vivimos la vida tal y como es, sino tal y como somos.
Tratamos de esquivar los conflictos para evitar el sufrimiento, pero por mucho que los evitemos, éstos siempre vuelven, aunque nos cueste creerlo, vuelven o se nos repiten para que aprendamos de ellos. Un día nos podemos dar cuenta de que no hemos vivido nuestra vida, sino que estamos viviendo nuestro pensamiento acerca de lo que creemos que es la vida. Queremos tenerlo todo controlado, ya sea nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestra vida, para que de esta manera nada se salga de la raya, pero la vida no funciona así. La vida está hecha para ser vivida y no pensada y para eso debemos permitirnos soltar el control. La vida, continuamente nos pone en situaciones en la que nos dice que no podemos controlar nada o casi nada.
Cuando nos permitamos soltar estas interpretaciones, que emitimos como juicios, podremos ver como nuestra vida nos ama.
"No puedes cambiar tu vida, pero si cambias el modo en que la miras, la vida cambiará"
Montse Parejo
Psico-Oncóloga