domingo, 20 de febrero de 2011

El elefante encadenado

Hace mucho descubrí este relato, “El elefante encadenado” de Jorge Bucay, gracias a él me empecé a replantear muchas cosas que ya daba por imposible y por eso hoy he querido compartirlo con todos ustedes, el relato dice así:
Cuando yo era pequeña me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales…. Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado uno centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado, ¿Por qué lo encadenan?”.
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro…..Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intento volver a poner a prueba su fuerza….

Reflexión:
Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad.
Vivimos pensando que “no podemos”, hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos.
Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré.
Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.
Cualquier problema o dificultad que encuentres en el camino será una oportunidad para aprender
Es importante no olvidar que cada día que pasa, cada hora, cada minuto…, somos una persona diferente que ha adquirido nuevas experiencias. Por tanto, nuestro YO del presente quizás si pueda afrontar exitosamente un fracaso del pasado.
Tú única manera de saber si puedes conseguirlo es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo tu corazón…. ¡Todo tu corazón!
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

martes, 15 de febrero de 2011

El cuento del poblado


Hasta la choza de un viejo maestro llegaron ancianos del Consejo de un antiguo pueblo. Venían a consultar al sabio sobre un problema que amenazaba a todos los que habitaban la vieja ciudadela junto al río. Desde hacía muchos años, y pese a todos los esfuerzos del Consejo, los habitantes de ese lugar habían empezado a pelearse, a hacerse daño. Se robaban unos a otros, se lastimaban entre sí, se odiaban y educaban a sus hijos para que el odio continuara perpetuándose.
Los ancianos del consejo le expusieron al sabio:
- Siempre hubo algunas personas que se apartaban de la senda, pero hace unos diez años comenzó a agravarse la situación y, desde entonces, ha empeorado mes tras mes.
A lo que el sabio les pregunto:- ¿Qué pasó hace diez años?
- Nada significativo. Por lo menos nada malo. Hace diez años terminamos de construir entre todos el puente sobre el río. Pero eso sólo trajo bienestar y progreso al pueblo.
El sabio asintió con la cabeza y sentándose en un raído sillón junto a la ventana empezó a decir, como para sí mismo:
- Por supuesto que no hay nada de malo en el bienestar….Y mucho menos en el progreso. Sin embargo…..
Los ancianos del consejo no se animaron a preguntar. Sólo se acercaron un poco para escuchar las palabras del sabio.
- El mal no está en el bienestar sino en comparar mi bienestar con el vecino. El mal no está en el progreso, pero sí en querer ser el que más ha progresado. No hay nada de malo en las cosas buenas para todos, pero sí en competir por ellas. Vuestro pueblo padece el mal de la sílaba central- sentenció el anciano.
- ¿La sílaba central?, ¿Cuál es ese devastador mal? ¿Cómo podríamos curarlo?
- Debéis ocuparos de enseñar a cada uno de los habitantes del pueblo que el verbo competir es un verbo que enferma, intoxica y mata. La solución es que todos aprendan a hacer un cambio de sílaba. Enseñarles que sólo con reemplazar en la palabra “competir” la sílaba central “per”, por la más que significativa sílaba “par”, crearemos una nueva palabra: “compartir”. Una vez que todos hayan aprendido el significado de este verbo, la competencia no tendrá sentido y, sin ella, el odio y el deseo de dañar a otros quedarán sepultados para siempre.
Todos deberíamos esforzarnos por cambiar la palabra “competir” por la palabra “compartir”. Es sólo una sílaba. Un cambio de sílaba para un cambio de vida. Se trata de un paso definitivo en el camino hacia la nueva felicidad que, a mí entender, sólo puede ser completa si estamos seguros de que también otros pueden sentirla.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

lunes, 7 de febrero de 2011

Tristeza y Felicidad

Me gustaría compartir esta poesía de Carol Carolina, con ella descubriremos que estar tristes o alegres depende de la elección que hagamos y la poesía dice así:


La tristeza no es buena compañera
y desde hoy, vamos a tomar la decisión,
si la encontramos, hemos de cambiar de acera y,
sin volver la vista, ir en otra dirección.
La tristeza no es buena consejera,
nos obliga, en ocasiones, a mirar atrás y,
aunque, a veces, puede parecer sincera,
nos lleva a la depresión en un tris-tras.
La tristeza no es buena profesora,
pues sus lecciones nos enseñan a llorar, y así,
desperdiciamos nuestras horas,
derramando las penas sin cesar.

La felicidad… ¡esa sí que bien nos quiere y,
que poco nos atrevemos a tocar!
Ella sólo suaviza lo que nos hiere y,
nosotros no lo sabemos apreciar.
La felicidad, que muy bien nos aconseja que,
hay que levantarse y caminar,
que nos va deshilachando cada queja,
para que no se nos vuelvan a enredar.
La felicidad puede ser la gran maestra
que nos dé la más sabia de las lecciones:

“Que nunca hay que dejar la vista puesta
en asuntos que no tienen soluciones.
Que mirando siempre al frente, hacia delante,
vamos a descubrir mil cosas bellas”.
Y, como dijo aquel, de gran talante:
“No llores por no poder ver el Sol pues,
las lágrimas te impedirán ver las Estrellas”.
Reflexión:
La persona que vive en la alegría no necesariamente ha vivido una vida de rosas. La alegría interna no depende de los acontecimientos que nos han sucedido. Todos conocemos a personas que han vivido situaciones difíciles, que son alegres, y a otras que parecen tenerlo todo y, sin embargo, son tristes y desgraciadas.
La alegría es energía. Como la alegría es contagiosa, la persona que vive en la alegría genera alegría a su alrededor, es como un rayo de luz que ilumina la estancia en la que se encuentra.
Vivir en la alegría no es un don, es una elección. Se aprende y se descubre. No se trata de pintar la vida de rosa, pero tampoco de negro.
Si es tu vida la que no va bien, busca cuáles son las causas, modifica lo que puedas cambiar y acepta lo que no puedes cambiar.
Aunque quizá no lo creas, es más fácil estar mal que estar bien, dejarse llevar por los acontecimientos que decidir cómo actuar. Es más fácil quejarse, aburrirse o abatirse. Es más fácil bajar la montaña que subirla pero, siempre, la cima está allí arriba.
Cada cosa que hagas, hazla con toda tu concentración, con toda tu capacidad. Empieza el día con una sonrisa y hazte consciente de que es un nuevo día, de que estás plenamente vivo.
Si tenemos la virtud de ser flexibles y de adaptarnos a las circunstancias que nos acontecen, encontraremos la solución mejor a los conflictos. Como dijo el filósofo chino Lao Tsé “La flexibilidad es la vida, la rigidez es la muerte”.
Cuando la vida te presente mil razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones por las cuales sonreír”.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

martes, 1 de febrero de 2011

Empuja la vaquita

Un sabio maestro paseaba por el bosque con su fiel discípulo, cuado vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita. Durante la caminata comentó al aprendiz sobre la importancia de conocer lugares y personas, y sobre las oportunidades de aprendizaje que nos brindan estas experiencias.
La casa era de madera y sus habitantes, una pareja y sus tres hijos, vestían ropas sucias y rasgadas, y estaban descalzos. El maestro se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia, y le dijo:
-     En este lugar no existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio, ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir?
El hombre respondió calmadamente:
-     Amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Parte de la leche la vendemos o la cambiamos por otros alimentos en la ciudad vecina, y con la restante elaboramos queso, cuajada y otros productos para nuestro consumo. Así es como vamos sobreviviendo.
El sabio agradeció la información y contempló el lugar por un momento, antes de despedirse y partir. A mitad de camino le ordenó a su fiel discípulo:
-     ¡Busca la vaquita, llévala al precipicio y empújala!
El joven lo miró espantado y le replicó que ese animal era el medio de subsistencia de la familia. Como percibió el silencio absoluto del maestro, cumplió la orden: empujó a la vaquita al barranco, y la vio morir. Aquella escena quedó grabada en su memoria.
Un día, el discípulo resolvió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar para contarle la verdad a la familia y pedirle perdón. Así lo hizo, y a medida que se aproximaba veía todo muy bonito, diferente de como lo recordaba. Se sintió triste, imaginando que aquella humilde familia había debido vender su terreno para sobrevivir. Aceleró el paso y, al llegar, fue recibido por un señor muy simpático, al cual le preguntó por las personas que vivían en ese lugar cuatro años atrás. El hombre le respondió que allí seguían.
Sobrecogido, el joven entró corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que había visitado algunos años antes con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al señor, el dueño de la vaquita:
     - ¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?
Emocionado, el hombre le respondió:
     - Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el precipicio y murió. De ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos; así alcanzamos el éxito que sus ojos ven ahora.

Reflexión:
Esta es la realidad de lo que se ha llamado zona de confort. Estamos tan conformes con el estado de cosas que nos rodea que no desarrollamos otras posibilidades. Sólo necesitamos un evento sorpresivo para darnos cuenta de que la seguridad puede ser nuestra peor consejera y de que nos impide ver el horizonte.
La mayoría de las personas vivimos nuestra vida conforme a una idea que hemos ido forjando en nuestro día a día. Todos tenemos sueños, proyectos e ilusiones que nos ayudan a imaginar cómo será nuestro futuro para encaminarnos hacia él, sintiendo bajo nuestros pies un presente seguro y firme. Sin embargo, a veces, la propia vida puede hacernos parar porque, de un modo u otro, no nos permite seguir el camino que trazamos en nuestros sueños. Cuando aparece una enfermedad, sentimos que la vida nos da un empujón para apartarnos de nuestro camino. De repente todo se transforma: “No sé si trabajaré de nuevo”, “No sé si podré hacer aquel viaje”….La enfermedad hace que ya nada sea igual. No obstante, no nos quedamos sin camino, sino que empezamos a caminar por un nuevo sendero, aunque se trata de un sendero que no hemos escogido y que no conocemos. En esta etapa pueden aparecer sentimientos de tristeza por lo que se puede perder, de miedo a sufrir y hacer sufrir a los demás, miedo al futuro, de rabia por lo perdido, sentimientos de soledad, miras alrededor y te sientes fuera de la vida cotidiana, diferente de los demás, esto ocurre porque la persona ha perdido su forma de vivir. Adaptarse a las nuevas situaciones no es fácil, ninguna situación nueva lo es, pero como decía Víctor Frankl autor del libro “El hombre en busca de sentido”, quien sobrevivió al holocausto nazi después de pasar largos años cautivo en varios campos de concentración, dijo que: “cuando no podamos cambiar la situación, tendremos que cambiar nosotros mismos”. A través de su testimonio y de sus palabras, Víctor Frankl nos enseña que nosotros tenemos el poder de decidir quién queremos ser ante las dificultades que nos encontramos en la vida: podemos elegir la rigidez y, por ende, la confrontación con el obstáculo, o bien decidir ser flexibles y adaptarnos sabiamente.
El objetivo es centrarse en el presente. Es muy importante centrar todas tus energías en la vida presente, entregándote por completo al día a día. No vale intentar o posponer, pensar que no puedes. Actúa ahora.
Por eso “no lleves nunca a cuestas más de un tipo de problemas a la vez. Hay quienes cargan con tres: los que tuvieron, los que ahora tienen y los que esperan tener”  Edward Everett Hale.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga