jueves, 1 de diciembre de 2011

El alpinista

Había una vez un hombre que estaba escalando una montaña. Estaba haciendo una escalada bastante complicada, una montaña en un lugar donde se había producido una intensa nevada. Él  había estado en un refugio esa noche y a la mañana siguiente la nieve había cubierto toda la montaña, lo cual hacía muy difícil la escalada. Pero no había querido volverse atrás, así que de todas maneras, con su propio esfuerzo y su coraje, siguió trepando y trepando, escalando por esta empinada montaña.
Hasta que en un momento determinado, quizás por un mal cálculo, quizás porque la situación era verdaderamente difícil, puso el pico de la estaca para sostener la cuerda de seguridad y se soltó el enganche. El alpinista se desmoronó, empezó a caer a pico por la montaña golpeando suavemente contra las piedras en medio de una cascada de nieve.
Pasó toda su vida por la cabeza y, cuando cerró los ojos esperando lo peor, sintió que una soga le pegaba en la cara. Sin llegar a pensar, de un manotazo instintivo se aferró a esa soga. Quizás la soga se había quedado colgada de alguna amarra…si así fuera, podría ser que aguantara el chicotazo y detuviera su caída.
Miró hacia arriba pero todo era la ventisca y la nieve cayendo sobre él. Cada segundo parecía un siglo en ese descenso acelerado e interminable. De repente la cuerda pegó el tirón y resistió. El alpinista no podía ver nada pero sabía que por el momento se había salvado. La nieve caía intensamente y él estaba allí, como clavado a su soga, con muchísimo frío, pero colgado de este pedazo de lino que había impedido que muriera estrellado contra el fondo de la hondonada entre las montañas.
Trató de mirar a su alrededor pero no había caso, no se veía nada. Gritó dos o tres veces, pero se dio cuenta de que nadie podía escucharlo. Su posibilidad de salvarse ere infinitamente remota; aunque notaran su ausencia nadie podría subir a buscarlo antes de que pasara la nevisca y, aun en ese momento, ¿cómo sabrían que el alpinista estaba colgado de algún lugar del barranco?
Pensó que, si no  hacía algo pronto, éste sería el fin de su vida. Pero ¿qué hacer?
Pensó en escalar la cuerda hacia arriba para tratar de llegar al refugio, pero inmediatamente se dio cuenta de que eso era imposible. De pronto escuchó una voz. Una voz que venía desde su interior que le decía “suéltate”, “dejate caer no seas bobo, no ves que así no puedes seguir”, y sintió que la voz insistía “suéltate….suéltate”.
Pensó que soltarse significaba morirse en ese momento. Era la forma de parar el martirio. Pensó en la tentación de elegir la muerte para dejar de sufrir. Y como respuesta a la voz se aferró más fuerte todavía. Y la voz insistía “suéltate”, “no sufras más”, “es inútil este dolor, suéltate”. Y una vez más él se impuso aferrarse más fuerte aun, mientras conscientemente se decía que ninguna voz lo iba a convencer de soltar lo que sin lugar a dudas le había salvado la vida. La lucha siguió durante horas pero el alpinista se mantuvo aferrado a lo que pensaba que era su única oportunidad.
Cuenta la leyenda que a la mañana siguiente la patrulla de búsqueda y salvamento encontró al escalador casi muerto. La mano la tenía totalmente congelada y le quedaba apenas un hilito de vida, el alpinista pudo salvar su vida, paradójicamente aferrado a su soga… a menos de un metro del suelo. Si se hubiese soltado hubiese podido regresar por su propio pie al refugio pero no lo hizo por temor a perder su vida.

Reflexión
A veces, no soltar es la muerte.
A veces la vida está relacionada con soltar lo que alguna vez nos salvó.
Soltar las cosas a las cuales nos aferramos intensamente creyendo que tenerlas es lo que nos va a seguir salvando de la caída.
Todos tenemos una tendencia a aferrarnos a las ideas, a las personas y a las vivencias. Nos aferramos a los vínculos, a los espacios físicos, a los lugares conocidos, con la certeza de que esto es lo único que nos puede salvar. Creemos en “lo malo conocido”, como aconseja el dicho popular.
Y aunque intuitivamente nos damos cuenta de que aferrarnos a esto significará la muerte, seguimos anclados a lo que ya no sirve, a lo que ya no ésta, temblando por nuestras fantaseadas consecuencias de soltarlo.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

viernes, 4 de noviembre de 2011

La oruga

Una pequeña oruga caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un saltamontes.
-¿Hacia dónde te diriges? - le preguntó. Sin dejar de caminar, la oruga contestó:
-Tuve un sueño anoche: soñé que desde la cima de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.
Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su amiga se alejaba:
-¡Debes estar loco!, ¿cómo podrás llegar hasta aquel lugar? Tú,
¡una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño charco, un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable.
Pero la oruga ya estaba lejos y no lo escuchó, su diminuto cuerpo no dejó de moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo:
-¿Hacia dónde te diriges con tanto empeño?
Sudando, la oruguita le dijo jadeante:
-Tuve un sueño y deseo realizarlo, subir a esa montaña y desde ahí contemplar todo nuestro mundo.
El escarabajo no pudo contener la risa, soltó la carcajada y luego dijo: -Ni yo, con mis grandes patas, intentaría realizar algo tan ambicioso...
Y se quedó en el suelo, muerto de risa, mientras la oruga continuaba su camino, avanzado unos centímetros.
Del mismo modo, la araña, el topo, la rana, la flor... y todos los que se fue encontrando en su camino, le aconsejaron a nuestra amiga desistir: -¡No lo lograrás jamás!- le dijeron, pero un impulso irresistible en su interior, obligaba a la oruga a seguir.
Y así lo hizo hasta que, agotada, sin fuerzas, se sintió morir, por lo que decidió parar a descansar, no sin antes construir, con un último esfuerzo un lugar donde pernoctar. -Estaré mejor-, fue lo último que dijo y dentro de su refugio, murió.
Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos, ahí estaba el animal más loco del mundo, había construido un monumento a la insensatez como tumba, un duro refugio, digno de alguien que murió por querer realizar un sueño irrealizable, a todas luces.
Una mañana, en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos.
De pronto quedaron atónitos, pues aquella especie de concha dura comenzó a resquebrajarse y vieron, con asombro, unos ojos y unas antenas que no podían ser, en ningún caso, de la oruga que había muerto.
Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo unas hermosas alas arco iris pegadas al minúsculo cuerpecito de una mariposa quien, lentamente, fue abriéndolas, mostrándolas en todo su esplendor.
Todos contemplaron impactados un impresionante y bello ser alado y comprendieron que bien podría, con facilidad, realizar el sueño de la pequeña oruga, el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir: ¡llegar hasta la cima de la montaña!
¡Cuán equivocados habían estado! ¡Y pensar que le habían aconsejado que desistiera...!

Reflexión:
Eres libre para elegir, para tomar decisiones aunque solo tú las entiendas; toma las decisiones con coraje, desprendimiento y, a veces con una cierta locura.
Para realizar un sueño hay que creer en él y vivir por él. Aún así, puede parecer que no lo lograremos, sobre todo cuando todos los que nos rodean no lo ven factible. Es ahí cuando un pequeño ser como la oruga puede acudir en nuestra ayuda, mostrándonos la dirección correcta.
Quizá todo consista en hacer un alto en el camino, como ella. Y, como ella, experimentar un cambio radical en nuestras vidas y, entonces, puede que... ¡lo logremos!
Aprender algo significa entrar en contacto con un mundo desconocido, en donde las cosas más simples son las más extraordinarias. Atrévete a cambiar, desafíate. No temas a los retos.
El mundo está en manos de aquellos que tienen el coraje de soñar y de correr el riesgo de vivir sus sueños.
Aunque no hay que olvidar que el éxito en la vida no se mide por los logros obtenidos, sino por los obstáculos a los que nos hemos tenido que enfrentar a lo largo de nuestro camino.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

jueves, 6 de octubre de 2011

La paz perfecta


Conseguir todo lo que deseamos y pronto, es algo que no siempre está a nuestro alcance. Estar serenos cuando las circunstancias son adversas, demuestra el temple de las personas. Las crisis suponen un avance o un retroceso en nuestro camino, pero nunca son situaciones neutras. Son la manera que tiene la vida de hacernos despertar de nuestra rutina y de colocarnos frente a una experiencia que puede ser decisiva. Una crisis personal es una encrucijada ante la que solo hay dos salidas: anclarnos en lo que nos ha pasado o utilizar lo ocurrido como trampolín hacia un futuro mejor. Aceptar es reconocer que, de momento, las cosas son como son, y no como querríamos que fueran. Consiste en mirar el problema de frente y decirse: sí, el problema existe. El hecho de aceptarse propicia el cambio. Para curarse hay que reconocerse enfermo: “Si no aceptas tu enfermedad, añades angustia a tus síntomas y te conviertes en un enfermo del alma”. Y para progresar hay que reconocerse imperfecto. ¡No culpable u odioso, sino imperfecto! Sencillamente.
Permíteme que te cuente un cuento al respecto:
Un Rey ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta.
Muchos artistas lo intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero solamente hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre éstas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta pintura pensaron que ésta reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura también tenía montañas. Pero éstas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía un impetuoso  aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacífico. Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, él miró tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido...Paz perfecta.
¿Cuál crees que fue la pintura ganadora?
El Rey escogió la segunda. ¿Sabes por qué? "Porque," explicaba el Rey, "Paz, no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. "Paz significa que a pesar de estar en medio de todas estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la paz".

Reflexión:
Hay personas que viven enfrentadas consigo mismas por no aceptar lo que desearían que fuera de otro modo. La paz pasa por la aceptación tanto personal como ajena. Sería ilusorio pensar que a todo el mundo le caemos bien, no podemos olvidar que todos y cada uno de nosotros somos diferentes y nuestros estados de ánimo, cambiantes.
La ilusoria posibilidad de poderlo controlar todo, al menos lo que a nosotros nos afecta, nos sitúa inmediatamente fuera de la realidad. ¿Por qué? Porque no somos dueños de conducir cada acontecimiento a nuestro gusto. La contradicción y el desconcierto, cuando aparecen, nos recuerdan que el dominio sobre el mundo que nos rodea es mucho menor del que suponíamos. Pero estamos tan ensimismados planeando el mañana que no aprovechamos lo que nos está pasando hoy, y así, viviendo en el futuro, perdemos las oportunidades que nos ofrece cada día la vida. Pero puede pasar que, transcurridos los años, si pensamos en nuestra existencia, comprobemos asombrados que ha pasado sin darnos cuenta.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

martes, 6 de septiembre de 2011

Las cosas no son lo que parecen

Cuenta una antigua y conocida leyenda que dos Ángeles viajeros se pararon para pasar la noche en el hogar de una familia muy adinerada. La familia era ruda y no quiso permitirles a los Ángeles que se quedaran en la habitación de huéspedes de la mansión. En vez de ser así, a los Ángeles les dieron un espacio pequeño en el frío sótano de la casa. A medida que ellos prepararon sus camas en el duro piso, el Ángel más viejo, vio una grieta en la pared. Se levantó y la arregló, utilizando sus poderes divinos, y volvió a sus rezos nocturnos.
Cuando el Ángel más joven preguntó ¿por qué?, el Ángel más viejo le respondió, “Las cosas no son siempre lo que parecen”.
La siguiente noche, el par de Ángeles vino a descansar en la casa de un matrimonio muy pobre, pero el señor y su esposa eran muy hospitalarios. Después de compartir la poca comida que la familia tenía, la pareja les permitió a los Ángeles que durmieran en su cama para que así pudieran tener una buena noche de descanso. Cuando los ángeles se despertaron al día siguiente, encontraron que la pareja no podía contener el llanto. El único bien que tenían, una vaca que les proporcionaba leche, queso y su única entrada de dinero, había aparecido muerta en el campo. Mientras andaban por el camino de barro, el Ángel más joven mostró toda su indignación y le preguntó al Ángel más viejo “- ¿Cómo pudiste permitir que esto hubiera pasado? El primer hombre lo tenía todo, sin embargo tú lo ayudaste”, el Ángel más joven lo seguía acusando, - “La segunda familia tenía muy poco, pero estaba dispuesta a compartirlo todo, y tú permitiste que la vaca muriera y no hiciste nada para aliviar su sufrimiento”.
- “Las cosas no son lo que parecen”, dijo el Ángel más viejo.
- “Cuando estábamos en aquel sótano horrible de la inmensa mansión, me di cuenta de que había mucho oro almacenado detrás de la pared. Debido a que el propietario estaba tan obsesionado con la avaricia y no estaba dispuesto a compartir su buena fortuna, yo sellé el hueco, de tal manera que nunca lo encontraría”. “Luego, anoche mientras dormíamos en la cama de la familia pobre, el Ángel de la muerte vino en busca de la esposa, sin embargo, como yo lo conozco desde hace años, lo convencí de que le quitara la vida a la vaca en lugar de la mujer.

Reflexión:
Muchas veces las cosas no son lo que parecen, es verdad. Y en realidad, casi nunca lo son, nos guste o no, las cosas son lo que son, no lo que nosotros esperamos de ellas. Pero cuando las cosas no ocurren como nosotros deseamos nos enojamos, nos sentimos culpables, o nos deprimimos mucho. Pero eso no cambiará lo que son las cosas. Estos son comportamientos por completo inútiles ya que son pensamientos y sentimientos que tienen una sola misión, la de entristecernos y arruinarnos la vida, de esta manera nos sentimos infelices, atrapado y lo que es peor, nuestra estima nos la deja muy deteriorada. Uno ganaría muchísimo si cuando las cosas no son lo que parecen renunciara a la ira, a auto-culparse y a deprimirse. Ganaría muchísimo, porque en realidad son una pérdida de tiempo. Podría aprovecharse mejor ese tiempo, cambiando uno mismo. Buscando en su propio interior otra manera de entender e interpretar las cosas. Evitando los arranques de furia, la auto-compasión, y el sentirse mal. Cuando una persona te alienta a creer una cosa, puede ser que las cosas no sean lo que parece, o cuando un proyecto parecía prometedor y las cosas luego no salen como esperábamos. Cambia entonces tú actitud. Sabemos que una persona sobrevive mejor cuando se adapta, cuando se adecua a la situación. Una persona vive mejor cuando es más flexible. Una persona es más inteligente y sabia cuando cambia de opinión según exigen las circunstancias, no cuando se empecina y se aferra a sus propias ideas. Por eso debemos recordar que las cosas no son siempre lo que parecen, de modo que lo mejor que puedes hacer, es cambiarte a ti mismo. Siempre es mejor cambiarse a si mismo que sufrir inútilmente.
Siempre es mejor ser feliz que infeliz.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

martes, 2 de agosto de 2011

El miedo y la libertad

En una tierra en guerra, había un rey que causaba espanto: ya que a sus prisioneros, no los mataba… los llevaba a una sala donde había un grupo de arqueros en un lado y en otro, una inmensa puerta de hierro, sobre la cual se veían grabados figuras de cadáveres cubiertos de sangre.
En esta sala les hacía formar un círculo y les decía a cada uno que eligieran, entre morir a flechazos por sus arqueros o pasar por esa puerta… El rey les decía “detrás de esa puerta yo os estaré esperando”.
Todos elegían ser muertos por los arqueros. Pero un día al terminar la guerra, un soldado que durante mucho tiempo había servido al rey se dirigió a él para preguntarle:
- Señor ¿puedo hacerle una pregunta?
- Dime, soldado.
- Señor ¿Qué se esconde detrás de la puerta? El rey contestó… Ve y mira tu mismo.
El soldado, abrió temerosamente la puerta y a medida que lo hacía, los rayos de sol entraban y la luz invadió el ambiente, donde finalmente descubrió que, la puerta se abría sobre un camino que conducía hacia la LIBERTAD.
El soldado, embelesado, miró a su rey y éste le dijo.
Yo les daba la oportunidad de ELEGIR, pero todos preferían morir a arriesgar a abrir esta puerta.

Reflexión:
“¿Cuántos puertas dejamos de abrir por el miedo a arriesgar?, ¿Cuantas veces perdemos la libertad y morimos por dentro, solamente por sentir miedo de abrir la puerta de nuestros sueños?”
“Quedarse en lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse con vida pero no vivir.”
Todos tenemos sueños, queremos resultados, buscamos oportunidades, pero no siempre estamos dispuestos a correr riesgos. No siempre estamos dispuestos a transitar caminos difíciles.
Una vez le preguntaron a Buda qué es lo que a él más le sorprendía de la humanidad y respondió:
“Los hombres, que pierden la salud para juntar el dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud y por pensar ansiosamente en el futuro, olvidan el presente de tal forma, que acaban por no vivir ni el presente, ni el futuro, viven como si nunca fuesen a morir y mueren como si nunca hubiesen vivido”.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

viernes, 8 de julio de 2011

Qué hacer con lo que tenemos

El 18 de noviembre de 1994, Itzhak Perlman, el violinista, entró al escenario para dar un concierto en el Avery Fisher Hall del Centro Lincoln  en la ciudad de Nueva York.
Si alguna vez ustedes estuvieron en un concierto  de Perlman sabrán que para él, llegar al escenario es un pequeño logro. Tuvo polio cuando fue niño, tiene ambas piernas sujetas con bragueros y camina con la ayuda de dos muletas.
Verlo cruzar por el escenario dando un paso por vez, costosa y lentamente,  es una visión asombrosa. Camina penosa, pero majestuosamente, hasta que llega a su silla. Entonces se sienta lentamente, pone sus muletas en el suelo, afloja los  sujetadores de sus piernas, coloca un pie hacia atrás y extiende el otro hacia adelante, luego se inclina y levanta el violín, lo pone bajo su mejilla, hace una señal  al director y comienza a tocar.
Hasta ahora, la audiencia estaba acostumbrada a este ritual. Ellos permanecen sentados mientras él hace su trayecto hasta su silla. Permanecen reverentemente silenciosos mientras  afloja los sujetadores de sus piernas, y esperan hasta que esté listo para tocar.
Pero esta vez algo  anduvo mal... Justo cuando él terminaba sus primeras estrofas, una de las cuerdas de su violín se rompió. Se pudo escuchar el ruido, sonó como un tiro atravesando el salón.
No había equivocación sobre lo que ese sonido significaba. No había tampoco dudas sobre lo que él tendría que hacer. Los que estaban allí esa noche, pensaron para sí mismos:
-"Tendrá que levantarse, ponerse los bragueros nuevamente, levantar las muletas y arrastrarse fuera del escenario, ya sea para encontrar otro violín o para encontrar otra cuerda para el suyo".
Pero no lo hizo. En su lugar, esperó un momento, cerró sus ojos y luego hizo la señal al director de comenzar nuevamente.
La orquesta comenzó, y el tocó desde el punto en el que se había detenido. ¡Y tocó con tanta pasión, tanto poder y tanta pureza, como ellos nunca lo habían escuchado antes!
Por supuesto, todo el mundo sabía que es imposible interpretar un trabajo sinfónico con solo tres cuerdas. Yo sé eso y ustedes también lo saben, pero esa noche Itzhak Perlman rehusó saberlo. Se lo podía ver modulando, cambiando, recomponiendo la pieza en su cabeza. En un punto eso sonó como si estuviera sacando el tono de las cuerdas que se habían roto y extrayendo nuevos sonidos de ellas que nunca habían dado antes.
Cuando terminó, hubo un impresionante silencio en el salón... y entonces la gente se levantó y lo aclamó. Hubo un extraordinario aplauso proveniente de cada rincón del auditorio. Estábamos todos de pie gritando y animando, haciendo todo lo que podíamos, para demostrar cuanto apreciábamos lo que acababa de hacer.
El sonrió, se secó el sudor de sus cejas, detuvo su inclinación para aquietarnos y luego dijo, no con presuntuosidad sino en un tono reverente, pensativo, sereno:
-"Ustedes saben, algunas veces la tarea del artista es descubrir cuanta música puede uno hacer con lo que aún le queda"...
¡Qué maravillosa reflexión ésta! Ha permanecido en mi mente siempre desde que la escuché. Y... ¿Quién sabe?...  Tal vez es la definición de la vida, no solo para los artistas sino para todos nosotros. Aquí hubo un hombre que se ha preparado toda su vida para hacer música con un violín de cuatro cuerdas, quien repentinamente, en medio de un concierto, se encuentra con solo tres, así que él hace música con tres cuerdas y la música que hizo esa noche solo con tres fue más hermosa, más sagrada, más memorable que ninguna que él haya hecho jamás en un violín con sus cuatro cuerdas.
Así que, tal vez, nuestra tarea en este mundo que vivimos, confuso, inestable y que cambia velozmente, sea hacer música; al principio con todo lo que tenemos y luego, cuando eso ya no es más posible,...hacer música con todo lo que nos quede! 
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

jueves, 16 de junio de 2011

Con tu apoyo

Cuentan que en un lejano reino, había un jardín cuyas flores no se marchitaban, todos decían que era el buen Rey que con su amor y dedicación las mantenía siempre frescas y vivas.
Cada mañana el buen Rey se asomaba a su balcón y admiraba el hermoso jardín plagado de las más bellas y raras flores, que traídas de todos los reinos, él cuidaba.
Un día llego a palacio una niña pidiendo audiencia al rey, se la veía preocupada y un poco triste, entre sus manos traía una pequeña maceta con una rosa casi marchita. Uno de los mayordomos del rey pregunto a la niña:
-         ¿Qué te ocurre?, ¿Para qué deseas ver al rey?
La niña apenada contesto.
-         Mi flor se marchita, tiene un gusano que no la deja vivir.
El mayordomo sabedor de lo importante que para el rey eran las flores, acudió rápido hasta donde el se encontraba, contándole lo sucedido y pidiéndole que recibiera a la niña.
El rey acudió inmediatamente a recibirla. Ya en presencia del rey la niña le contó lo que ocurría.
-         Yo la he cuidado y le he dado cariño pero ha enfermado y no puedo hacer nada.
El rey le contesto:
-         No es culpa tuya que tú rosa enfermara, no es culpa de nadie. Ahora la llevaremos a mí jardín, la cuidaremos, tendremos que ponerle un producto para eliminar el gusano, quizás algunos de sus pétalos se caigan y creas que esta peor pero debes venir a verla todos los días, seguir dándole tu cariño y tu amor, a pesar del aspecto que tenga, seguirá siendo tu rosa.
-         Debes entender- dijo el rey- que si no la dejas sola, la prodigas mimos, pero no en exceso, le vas a ayudar; debes saber que ella se sentirá mal a veces y a pesar de no poder hablarte te agradecerá tus cuidados.
Después de un tiempo, aquella rosa empezó a sentirse mejor, todo lo que el buen rey le había dicho era cierto.
Con amor, cariño y confianza todo se supera, aunque creas a veces que todo termina, es cuando de verdad empieza la vida.
                                                              
Reflexión:
Me gustaría empezar agradeciéndole a Ana María, un familiar de una paciente que en estos momentos esta en tratamiento con quimioterapia, su generosidad por querer compartir conmigo este hermoso relato, para que yo a su vez lo pueda compartir con todos vosotros.
No debemos olvidar que ante un diagnóstico adverso, solemos pasar por diferentes estadios, desde la incredulidad y la sensación de injusticia hasta el desamparo y la rabia. Pero enfermedad no es sinónimo de tristeza y frustración sino una oportunidad: para emprender un nuevo camino, descubrir capacidades, crecer…Toda la familia se enfrenta a una nueva vida, esta “segunda oportunidad” se aprovecha para hacer lo que hasta ahora no habían hecho, viajar, leer, escuchar música, expresar los afectos, pintar, escribir, en definitiva darle un nuevo sentido a la vida.
La enfermedad puede hacer más conscientes nuestros deseos y ayudarnos a vivir el presente y el amor hacia nuestros seres queridos con mayor intensidad.
Tener una enfermedad, o vivirla de cerca, hace que las personas se hagan conscientes de que la vida es frágil, de que puede cambiar en el momento menos esperado. Esta situación nos enseña a soltar el lastre de los hechos pasados para, en lugar de “preocuparnos” por el futuro, “ocuparnos” del momento presente con todas nuestras energías.
Son momentos en los que uno debe tener:
“Serenidad para aceptar las cosas que no puede cambiar, Valor para cambiar aquellas que sí puede y Sabiduría para distinguir entre ambas cosas”.
                                                               Montse Parejo
Psico-Oncóloga

viernes, 27 de mayo de 2011

Con qué ojos miramos

Dos hombres, ambos seriamente enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno de ellos se le permitía sentarse en su cama durante una hora cada tarde para ayudar a drenar los fluidos de sus pulmones. Su cama estaba junto a la única ventana de la habitación. El otro hombre debía permanecer todo el tiempo tendido sobre la espalda. Los hombres hablaban, durante horas y horas, acerca de sus esposas y familias, de sus hogares, sus trabajos, su servicio militar, de cuando habían estado de vacaciones...
Cada tarde, el de la cama cercana a la ventana, el que podía sentarse, se pasaba el tiempo describiendo a su compañero de habitación las cosas que podía ver desde allí. El hombre en la otra cama comenzaba a vivir, en esos pequeños espacios de una hora, como si su mundo se agrandara y reviviera gracias a la actividad y el color del mundo exterior. Se divisaba desde la ventana un hermoso lago, cisnes, personas nadando y niños jugando con sus pequeños barcos de papel. Jóvenes enamorados caminaban abrazados entre flores de todos los colores del arco iris. Grandes y viejos árboles adornaban el hermoso paisaje.
Como el hombre de la ventana describía todo esto con todo lujo de detalles, el hombre de la otra cama podía cerrar sus ojos e imaginar tan idílicas escenas. Una cálida tarde de verano, el hombre de la ventana le describió un desfile que pasaba por allí. A pesar de que el otro hombre no podía escuchar a la banda, sí podía verlo todo en su mente, pues su compañero lo representaba todo con palabras muy descriptivas.
Pasaron días y semanas. Un día, la enfermera de mañana llegó a la habitación llevando agua para el baño de cada uno de ellos. Al descubrir el cuerpo del hombre de la ventana, observó que había muerto tranquilamente en la noche mientras dormía. Ella se entristeció mucho y llamó a los compañeros del hospital para sacar el cuerpo. Tan pronto como lo creyó conveniente, el otro hombre preguntó si podría ser trasladado cerca de la ventana. La enfermera estaba feliz de realizar el cambio. Cuando lo hubo cambiado, lo dejó solo.
Lenta y dolorosamente, se incorporó apoyado en uno de sus codos para tener su primera visión del mundo exterior. Finalmente, tendría la dicha de verlo por sí mismo.
Se estiró para mirar por la ventana. Lentamente giró su cabeza y, al mirar, vio una pared blanca. El hombre preguntó a la enfermera qué pudo haber obligado a su compañero de habitación a describir tantas cosas maravillosas a través de la ventana.
La enfermera le contestó que aquel hombre era ciego y que de ningún modo podía ver esa pared, y que quizá solamente quería darle ánimos.

Reflexión:
Es una tremenda felicidad el hacer feliz a los demás, sea cual sea la propia situación. No debemos olvidar que el dolor compartido es la mitad de pena,  pero la felicidad, cuando se comparte, es doble. Dos personas pueden mirar exactamente la misma cosa y ver algo totalmente diferente.
Cómo miremos las cosas que nos ocurren en la vida marca la gran diferencia entre sentirnos felices o desdichados porque, aunque no podemos controlar todo lo que nos sucede, sí podemos decidir cómo afrontarlo. El escritor brasileño Paulo Coelho expresa muy bien esta situación cuando dice que "lo que ahoga a alguien no es caerse a un río sino permanecer sumergido en él". Por eso no abandonen cuando todavía son capaces de un esfuerzo más. Nada termina hasta el momento en que uno deja de intentar.
Nuestra existencia esta sujeta a muchos avatares que no podemos controlar, que no dependen de nosotros. Para empezar, lo primero para poder ver el lado bueno de la vida es aceptar la premisa de que no podemos controlar muchas de las cosas que nos van a ocurrir. Aprender a ver el lado positivo de la vida empieza por aprender a aceptar la vida tal cual es, sin estar pendientes del mañana ni anclados en el ayer, intentar recordar sin ira ni reproche lo ya vivido, sin atribuir al pasado la exclusiva responsabilidad de nuestros pesares actuales, ni creer que ha hipotecado nuestro futuro.
Cuando aceptemos que la imperfección es parte de la condición humana y sigamos rodando por la vida sin renunciar a disfrutarla, habremos alcanzado una integridad a la que otros sólo aspiran.
Recuerda que la vida propone y cada uno responde. Nuestra actitud, nuestra respuesta, nos convierte en alquimistas con poder para transformar la desgracia en oportunidad.
Si quiere sentirse rico, solo cuente todas  las cosas que tiene y que el dinero no puede comprar.
Hace poco alguien me dijo “Hay trenes que pasan una sola vez en la vida pero no olvides, hay autobuses que pasan cada media hora”.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

miércoles, 4 de mayo de 2011

¿Qué es lo importante?

Frente al egoísmo y la vanidad, que sólo llevan a mirar hacia uno mismo, la gratitud implica mirar hacia los demás y reconocer lo bueno que hay en ellos. Agradecer es dar, compartir: a través del agradecimiento nos acercamos al otro, pues dar las gracias a alguien establece un vínculo emocional muy fuerte y enriquece la relación personal.
El agradecimiento nos ayuda a saborear la vida. Valorar y dar las gracias por todo lo que nos sucede, así como reconocer a quienes contribuyen a ello, nos acerca un poco más a la felicidad.
Dice un refrán popular que “De bien nacido es ser agradecido”.
La gratitud es un sentimiento que nace cuando somos capaces de apreciar lo que otra persona ha hecho por nosotros. No debemos confundir gratitud con “devolver un favor”; no se trata de pagar una deuda, sino de reconocer la generosidad de los demás.

Cuentan que una mujer en un cálido día de verano llevó a su querido hijo Pablo al lago para bañarse. Pablo, aunque ya sabía nadar, se arriesgó un poco más que otras veces y se terminó alejando bastante de la orilla. De pronto le dio un calambre en el pie, se empezó a poner nervioso y a agitarse, tragó agua y todos los indicios hacían suponer que iba a ahogarse. La madre que lo vio comenzó a gritar  socorro y a pedir auxilio para que alguien ayudara a su hijo ya que ella se sentía incapaz de hacerlo.
Un muchacho joven y valiente que pasaba por allí no se lo pensó dos veces y se lanzó al agua, nadando hasta Pablo y trayéndole sano y salvo hasta la orilla donde se encontraba su madre.
La mujer, al ver a Pablo, se volvió hacia su rescatador y le reprochó, decepcionada, severamente: “Oye, espera un momento…Pablo llevaba unas gafas y un gorro de baño, y dónde están ahora, ¿eh?...”.


Reflexión
Aunque este caso nos parezca exagerado, la verdad es que se da más frecuentemente de lo que creemos, ya que cuando un suceso traumático irrumpe en nuestra vida y de una manera u otra se resuelve favorablemente para nosotros, muchas veces no somos capaces de disfrutarlo en todo su apogeo, sino que nos detenemos más en los daños colaterales que nos ha supuesto haber superado este hecho no deseado e inesperado, como le paso a la madre de Pablo, que solo fue capaz de fijarse que a su hijo le faltaban algunos objetos y no, que estaba vivo y a salvo.
Ciertamente la vida no es un camino fácil y podemos pasar por numerosos contratiempos; sin embargo, también tenemos la oportunidad de vivir cosas hermosas, de prosperar, de lograr aquello por lo que luchamos...Ser conscientes de las cosas buenas y poder expresar nuestro agradecimiento es un camino que hay que recorrer para alcanzar la felicidad.
Muchas personas juegan un papel fundamental en nuestras vidas. Nos inspiran, nos apoyan, nos ayudan a superarnos...Ser capaces de expresar nuestro agradecimiento a las personas que queremos en el momento adecuado es una virtud que debemos y podemos cultivar.
Vivir del recuerdo, por otra parte, nos distrae del presente, cuando nos empeñamos en revivir una experiencia que ya pasó y que hoy no forma parte de mi vida, finalmente acabaremos decepcionados y sobre todo habremos hecho uso de un enorme desgaste psíquico y emocional.
El resentimiento estrecha la vida, mientras que la gratitud la expande, incrementa la alegría y mejora nuestras relaciones. Por eso aprender a expresar nuestra gratitud a las personas que queremos es una fuente de felicidad y de enriquecimiento. La gratitud une a las personas, aumenta nuestra disposición de ayudar, a ser amables, responsables y afectuosos.
Recuerda: "Ayer es historia, mañana es un misterio y hoy es un regalo, por eso se le llama Presente".
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

lunes, 11 de abril de 2011

Esto también pasará

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:
- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.
Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total...era prácticamente imposible.
Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada. El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:
     -No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje –el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas –le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación. Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino...
De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: Simplemente decía: "ESTO TAMBIÉN PASARÁ".
Mientras leía “Esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.
El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes... y él se sentía muy orgulloso de sí mismo. El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo: -Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.
   -¿Qué quieres decir? –Preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.
   -Escucha –dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero. El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado. Entonces el anciano le dijo:
"Recuerda que todo pasa. Nada de lo que tengas, o lo que sientas es permanente. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas".

Reflexión:
La ilusoria posibilidad de poderlo controlar todo, al menos lo que a nosotros nos afecta, nos sitúa inmediatamente fuera de la realidad. ¿Por qué? Porque no somos dueños de conducir cada acontecimiento a nuestro gusto. La contradicción y el desconcierto, cuando aparecen, nos recuerdan que el dominio sobre el mundo que nos rodea es mucho menor del que suponíamos.
Imaginar con miedo lo que nos puede pasar en el futuro deja una huella negativa en nuestro cerebro. Centrarnos en el presente es el mejor antídoto contra el temor. Nuestro cerebro es capaz de inventar recuerdos de hechos que nunca ocurrieron y reservarles un espacio relevante en la memoria.  Muchos de estos recuerdos inventados se refieren a situaciones amenazantes o traumáticas, hechos que anticipamos porque las tememos. Y es que la mera preocupación por los sucesos desagradables que puedan llegar a ocurrirnos se graba también en el cerebro con la misma intensidad que un recuerdo negativo real. Cuanto más tiempo pasemos pensando en las situaciones que nos intranquilizan, más profundo será su recuerdo en nuestra mente- incluso aunque nunca se hagan realidad- y más angustiosa nos resultará la posibilidad de enfrentarnos a una situación similar en el futuro. A la vista de estos descubrimientos, la recomendación de vivir el momento presente y cultivar el pensamiento positivo cobra más sentido que nunca. Nos guste o no una de las características que define a la vida es la incertidumbre. Mientras vivamos en este mundo, estamos destinados a encontrar problemas. Si en esos momentos perdemos la esperanza y nos desanimamos, disminuiremos nuestra capacidad para enfrentarnos a las adversidades. Si, por otro lado, recordamos que no somos los únicos, sino que todo el mundo debe experimentar sufrimientos, esta perspectiva más realista de la situación aumentará nuestra determinación y capacidad para superar los problemas. Es más, con esta actitud, cada nuevo obstáculo puede ser visto como otra oportunidad para mejorar nuestra mente.
Como dice Carl G. Jung “La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir”.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

lunes, 14 de marzo de 2011

El cangrejito volador

“Había una vez un cangrejito nuevo que estaba haciendo un hueco profundo en la tierra, cuando, sin más, vino una paloma torcaza a darle conversación.
-¡Bonito que te está quedando el pozo ese! –dijo la paloma-, y el cangrejo levantando los tarritos de sus ojos, la miró tranquilo y respondió: -No se trata de un pozo, estoy haciendo mi casa.
-¡Cómo!- exclamó asombrada la paloma -¿Ese oscuro agujero es tu casa?
- Pues.... sí, mi casa. -¿Cómo se entiende ese disparate muchacho? -¿Pero te parece poco llamarle casa a un agujero en la tierra? Escucha: si puedes vivir en la rama de un árbol ¿cómo vas a habitar en el fondo de un pozo oscuro?
- Señora –dijo dignamente el cangrejito-, ¿se olvida usted de que está hablando con un crustáceo? No soy una paloma, señora.
- ¿Pero eso qué importa si eres cangrejo con voluntad?
- “Un cangrejo con voluntad, se dijo el cangrejito- levantando directamente al cielo los tarritos de sus ojos. “¿Sería posible eso?”. Más, enseguida contuvo su entusiasmo.
- ¿Cómo vas a pasarte la vida bajo tierra?
- Pero... es que toda mi familia lo ha hecho siempre así....
- Ya me imagino a toda tu familia; es decir, por uno que empezó una vez, todos los demás han seguido haciendo lo mismo. ¿Y es que en tu familia no hay aspiraciones?
- Bueno, hay cangrejos... aspiraciones, que yo sepa, no.
- Bien –dijo la paloma- entonces tú vas a ser el primero de los tuyos que viva en un árbol. - ¡Cómo! ¿Yo vivir en un árbol? - Tú, el primero de todos.
- ¡Pero mire, señora Paloma, que mi abuelo me mandó esta mañana a que hiciera mi cueva, diciéndome que ya es hora de fabricarla como hacen los demás! - Pero, muchacho, contesta una cosa: ¿qué casa estas fabricando?
- La mía señora, ¿cuál otra? -Ninguna, porque... ¿cuándo tú has visto una casa sin puertas ni ventanas? - Bueno.... no, verdad que no la he visto. - ¿Entonces dónde vas a hacer allá abajo una ventana y qué fresco y qué luz van a entrar por ella? - Tiene razón.
- Y hasta suponiendo que hubiera una ventana sin fresco y sin luz, ¿qué pajarito se pondría a cantar en ella cuando llegue el verano?
- No, ninguno. - Entonces está claro; hazte una casa en el aire, muchacho.
- Pero... ¿en el aire? - Quiero decir en la rama de un árbol, de un pino, de un júcaro, en el polo del monte que más te guste. - ¡Un nido! - Eso, un nido fresco que lo meza el viento. De día cerca del Sol, de noche cerca de las estrellas. - ¡Ah! ¡Qué bueno sería! En el fondo, los cangrejos todos queremos llegar a las estrellas... Pero enseguida se entristeció:
- ¡Pero es que soy solamente un cangrejo! - ¡Déjese de historias! ¡Usted es lo que usted quiera ser! ¡Sea pues, un crustáceo con voluntad!
Y como si estuviera cansada de hablar, la paloma torcaza batió sus alas y salió volando por encima del joven cangrejo, quien con los tarritos de sus ojos la siguió mirando hasta que se perdió en el viento.
Mas, ya el cangrejito no podía seguir haciendo su cueva en la tierra. Así que aquella misma tarde, después de que se lavó las tenazas en el río fue directo a ver a su abuelo.
- Abuelo, quiero fabricar mi casa fuera de la tierra. - ¡Cómo! –exclamó el abuelo, cayéndosele la comida de la boca. - Sí. Voy a hacerlo si es posible en el copito de un caguairán. - ¡Hijo mío! –dijo entonces mirándolo muy preocupado-, tienes que tener cuidado con las hierbas que comes. A ver, ¿qué has comido, hijo mío?
- Algas, abuelo, pero hablé con la paloma torcaza...- ¿Con esa loca?
- Me ha dicho que es un disparate vivir bajo tierra como una lombriz. - Pero ten en cuenta que tú no eres más que un cangrejo, muchacho. - Un cangrejo que acaso un día pueda vivir cerca de las estrellas.
- Pero, ¿qué diablos de casa es esa? - Un nido, abuelo, un nido.
- ¿Nido? ¿Y dónde están tus alas, muchacho? - Pues, quién sabe con el tiempo si...-Más, esta vez el abuelo no lo dejó terminar.
- ¡Muchacho! –tronó, mientras tú seas cangrejo no hay ala que te salga ni pluma que te cuelgue. Cangrejo naciste y cangrejo terminas.
Pero el nieto estaba dispuesto a trabajar de todas maneras. Así que se fue solo al monte y escogió el caguairán que le pareció más alto y frondoso de todos.
Era un trabajo difícil el que se había propuesto. Tendría que subir y bajar el árbol cuantas veces fuera necesario para construir allá arriba su nido. Más, empezó sin miedo, echándose a las espaldas los palitos secos y las bolsas de resina y todo lo que necesitaba para su trabajo.
Subía y bajaba clavando sus patas espinadas en el tronco, y lo hizo tantas veces que formó un trillito de puntos en la corteza del caguairán. Y no sólo era el trabajo que se había propuesto y el peligro que corría sino las cosas que le decían los otros animalitos del suelo, los que no vuelan.
- ¡Loco, loco de remate! –decía la jicotera encaramada en su piedra del río-, ¡Y se revienta un día de estos! ¡Vivir para ver!
Pero él ni siquiera contestaba. Subía y bajaba lento, incansable, llevando su carga. A veces sucedía también que a mitad de camino, ya no podía más y rodaba la carga. Entonces, firme, sin ceder, bajaba hasta el suelo, cargaba de nuevo y tornaba a subir con los ojos fijos allá arriba, donde estaba creciendo su nido en la punta de la rama más alta.
Por su parte, el viejo abuelo estaba muy triste y acabó diciendo que tenía un nieto chiflado, el primero en la familia. Pero al fin, una mañana se corrió la voz por toda la isla. De todas las provincias vinieron pájaros a visitarlo y alabaron el nido del cangrejito, que era como un hermoso balcón al viento y la luz. Él dio las gracias a todos y les ofreció comida. Y en ese mismo día, al atardecer, fue que sintió sueño y se extrañó. ¿Acaso estaría enfermo? Jamás había sentido sueño al atardecer. Todo lo contrario, porque esa es la hora en que los cangrejos salen a pasear, la misma en que los pájaros se posan a dormir. Pero en fin, se quedó dormido. Y cayó la tarde y pasó la noche con sus estrellas, mientras él dormía sosegadamente sin darse cuenta de nada. Más al otro día, cuando el sol tibio de la mañana lo hizo despertar, sintió como si no cupiera en el nido. Levantó primero el tarrito de un ojo y después el tarrito del otro. Miró a la derecha y quedó mudo de asombro; miró a la izquierda y quedó mudo del mismo asombro; ¡Dos Alas! ¡Dos alas encendidas como las plumas del tocororo le salían de los costados! Le habían crecido durante la noche y eran más largas que sus tenazas. Entonces el cangrejito, no sabiendo si llorar o reír de alegría, levantó sus hermosas alas, las batió ruidosamente haciendo caer algunas hojas maduras del caguairán y se lanzó de frente al viento a volar para siempre.
Desde aquella mañana todo el mundo vivía asombrado, con las caras vueltas hacia arriba para ver el cangrejito volador atravesar el aire, y hasta el viejo abuelo solía decir orgulloso ahora:
¡Tengo un nieto plumoso, lindo como un tocororo y vuela como el viento!

REFLEXIÓN
Este cuento habla de cambios. De cambios profundos que soñamos con hacer en nuestras vidas pero que por hábitos, costumbres, críticas, temor y algunas otras circunstancias “non gratas”, no nos atrevemos a realizar. Preferimos acurrucamos dentro del caparazón de la seguridad y la aceptación aunque éste nos quede pequeño y sintamos que nos está asfixiando, antes que arriesgarnos a recorrer sendas que no conocemos pero que el corazón nos pide situarnos dentro de ellas. Sin embargo, a veces una vocecita grita muy fuerte dentro de nosotros una y otra vez, hasta que un día nos decidimos a escucharla a pesar de nuestra inseguridad y osamos iniciar un recorrido diferente al que nos han enseñado, porque deseamos empezar a construir el entorno que anhelamos para nosotros.
Así pues, nos ponemos a trabajar con tenacidad en el logro de nuestros sueños una y otra vez. Tropezamos, caemos, nos lastimamos, pero la voluntad nos hace volver a levantarnos, porque nuestros sueños siguen ahí, llamándonos persistentes a su encuentro, y de este modo un día... un día nos despertamos y nos encontramos inmersos en ellos, llenos de alegría y satisfechos al haberlos hecho realidad.
Montse Parejo
 Psico-Oncóloga

jueves, 3 de marzo de 2011

Resistiré

Hoy quiero compartir con ustedes las letras o estrofas de algunas  canciones que podrían ser el eslogan de cada uno de nosotros.
La canción “Resistiré” del Dúo Dinámico nos invita a reflexionar y a poder seguir adelante cuando se nos presenta la adversidad, la letra dice así:
“Cuando pierda todas las partidas, cuando duerma con la soledad, cuando se me cierren las salidas, y la noche no me deje en paz. Cuando sienta miedo del silencio, cuando cueste mantenerme en pie, cuando se revelen los recuerdos y me pongan contra la pared.
Resistiré erguido frente a todo, me volveré de hierro para endurecer la piel y aunque los vientos de la vida soplen fuerte, soy como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie. Resistiré para seguir viviendo, soportaré los golpes y jamás me rendiré y aunque los sueños se me rompan en pedazos, resistiré…resistiré”.
Son pocas veces las que nos detenemos en escuchar atentamente las letras de las canciones y algunas son verdaderos manifiestos de vida, como es el caso de la letra de la canción “Voy a vivir” del Sueño de Morfeo”:
“Quiero vivir, quiero sentir. Saborear cada segundo, compartirlo y ser feliz. Hay tantas cosas que aprender, tanto nuevo por llegar. La vida siempre suma y sigue, lo que tienes es lo que das. Créeme, voy a vivir, cada segundo, mientras pueda estar aquí. Ya comprendí que mi destino, es elegir, no tengo miedo, he decidido ser feliz. Voy a vivir, mientras me quede un poco de aire, no voy a abandonar. No perderé ni un día más en lamentarme, o en sentarme a descansar, y cada paso, me permitirá avanzar, hacia el futuro, con confianza y libertad…”
Reflexión:
Una palabra dicha a tiempo puede ser un gran consuelo, el empujón necesario para actuar, un bálsamo para las heridas…..Las palabras son el vehículo de contacto de nuestra alma con la realidad.
Hay palabras sencillas, inmediatas, adecuadas, amables que son un regalo. Expresadas desde la espontaneidad, un “adiós”, un “gracias”, un “por favor”, un “te quiero” pueden iluminar un momento, y en según qué circunstancias, ser el recuerdo que da también sentido a una vida.
Son muchas las formas en las que la vida nos puede hacer parar y reflexionar, hay veces que al escuchar el eslogan de un anuncio, el cartel publicitario de algún producto, la letra de una canción, la lectura de algún relato, sin saber porque nos conmueve y nos hacen reaccionar. Hace algunos años hubo un eslogan que decía: “Vives para trabajar o trabajas para vivir”, algo tan simple, hizo que mi vida diese un giro inesperado. La vida en ocasiones nos pone aprueba, a veces  se trata de pruebas más o menos difíciles pero nunca olvides que:
Si piensas que estás vencido, lo estarás. Si piensas que no te atreves, no lo harás. Si piensas que te gustaría ganar, pero no puedes, no lo lograrás. Si piensas que perderás, ya has perdido, porque en el mundo encontrarás, que el éxito comienza con la voluntad del hombre.
Piensa en grande y tus hechos crecerán. Piensa en pequeño y quedarás atrás. Piensa que puedes y podrás. Todo está en el estado mental.
La batalla de la vida no siempre gana el hombre más fuerte, o el más ligero, porque tarde o temprano, el hombre que gana, es aquel que cree poder hacerlo”.
Rudyard Kipling

“Mientras deseemos lo que nos falta, está descartado que seamos felices. Porque el deseo es carencia y la carencia es sufrimiento”.    
                                                                              Blaise Pascal
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

domingo, 20 de febrero de 2011

El elefante encadenado

Hace mucho descubrí este relato, “El elefante encadenado” de Jorge Bucay, gracias a él me empecé a replantear muchas cosas que ya daba por imposible y por eso hoy he querido compartirlo con todos ustedes, el relato dice así:
Cuando yo era pequeña me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales…. Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado uno centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado, ¿Por qué lo encadenan?”.
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro…..Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intento volver a poner a prueba su fuerza….

Reflexión:
Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad.
Vivimos pensando que “no podemos”, hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos.
Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré.
Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.
Cualquier problema o dificultad que encuentres en el camino será una oportunidad para aprender
Es importante no olvidar que cada día que pasa, cada hora, cada minuto…, somos una persona diferente que ha adquirido nuevas experiencias. Por tanto, nuestro YO del presente quizás si pueda afrontar exitosamente un fracaso del pasado.
Tú única manera de saber si puedes conseguirlo es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo tu corazón…. ¡Todo tu corazón!
Montse Parejo
Psico-Oncóloga