sábado, 11 de diciembre de 2010

La visita de tu vida

Había una vez un hombre que estaba haciendo una gira turística por Europa. Al llegar al Reino Unido, compró una guía de los castillos de las islas. El más llamativo era el que se presentaba como “la visita de tu vida”. Intrigado por la propuesta, el hombre llamó desde su hotel esa misma tarde y acordó un horario de visita. El turista llegó al castillo diez minutos más tarde de la hora pactada. Se presentó ante un hombre con falda de cuadros que lo esperaba y que le dio la bienvenida. Le explicó un poco de la historia del castillo y le mencionó algunas cosas sobre las que debía prestar especial atención durante la visita. Dicho esto, le dio una cuchara y le pidió que la sostuviera.
   -   Nosotros no cobramos un derecho de visita. Cada visitante lleva una cuchara como ésta llena hasta el borde de arena fina. Aquí  caben exactamente 100 gramos. Después de recorrer el castillo pesamos la arena que ha quedado en la cuchara y le cobramos una libra por cada gramo que haya perdido….-explicó.
   -   ¿Y si no pierdo ni un gramo?
   -   Ah, mi querido señor, entonces su visita al castillo será gratuita.
Entre divertido y sorprendido, el hombre comenzó su viaje. Confiando en su pulso, subió las escaleras muy despacio y con la vista fija en la cuchara. Prefirió no entrar a la sala de armaduras porque le pareció que el viento haría volar la arena. Al pasar junto al salón que exhibía las máquinas de guerra, debajo de la escalera, se dio cuenta de que para verlas con detenimiento era necesario inclinarse forzadamente sosteniéndose de la barandilla, lo que implicaba la certeza de derramar algo del contenido de su cuchara, así que las miró desde lejos. Otro tanto le pasó con la escalera que conducía a las mazmorras. Por el pasillo de regreso al punto de partida, caminó contento hacia el hombre de la falda escocesa, que lo aguardaba con una balanza. Vació el contenido de su cuchara y esperó el dictamen.
-          Asombroso, ha perdido menos de medio gramo: lo felicito, esta visita le ha salido gratis. ¿Ha disfrutado de la visita?
El turista dudó pero decidió ser sincero.
-          La verdad es que no mucho. Estaba tan ocupado tratando de cuidar de la arena que no tuve oportunidad de mirar el castillo.
-          ¡Qué barbaridad! Mire, haré una excepción. Le voy a llenar otra vez la cuchara pero ahora olvídese de cuánto derrama, faltan doce minutos para que llegue el próximo visitante. Vaya y regrese antes de que él llegue.
El hombre  tomó la cuchara y corrió hacia el altillo: al llegar allí dio una mirada rápida a los que había y bajo más que corriendo a las mazmorras llenando las escaleras de arena. Al inclinarse para pasar un pasaje se le cayó la cuchara y derramó todo el contenido. Corrió hasta el hombre de la entrada, a quien le entregó la cuchara vacía.
-          Bueno, esta vez sin arena, pero no se preocupe, tenemos un trato ¿Disfrutó la visita?
Otra vez el visitante dudó unos segundos.
-          La verdad es que no- contestó al fin-. Estuve tan ocupado en llegar antes que el otro, que perdí toda la arena y no disfruté nada.
El hombre de la falda le dijo:
-          Hay quienes recorren el castillo de su vida tratando de que no les cuesta nada, y no lo pueden disfrutar. Hay otros tan apresurados en llegar pronto, que lo pierden todo sin disfrutarlo. Unos pocos aprenden esta lección y se toman su tiempo para cada recorrido. Descubren y disfrutan cada rincón, cada paso. Saben que no será gratuito, pero entienden que los costes de vivir valen la pena.

Reflexión:
Estamos tan acostumbrados a pasar por alto los pequeños detalles, los goces cotidianos, que nos cuesta apreciar la vida en su plenitud. Pero todos podemos recuperar esa pasión: sólo hay que aprender a mirar de otra manera.
La vida no es más que una sucesión ininterrumpida de momentos, situaciones que se dan ahora, aquí, en el presente. Pero la mayoría de nuestros momentos son, en realidad, pequeños y cotidianos: levantarse por la mañana, ir al trabajo, comer, beber, abrigarnos cuando hace frío, hablar con nuestros hermanos, quedar con los amigos…
Para muchos de nosotros, esos días cargados de pequeños momentos, de detalles cotidianos, pasan sin darnos cuenta.
Frente a la amenaza de perder las pequeñas cosas, quienes conocen la provisionalidad de la vida convierten los hechos cotidianos en acontecimientos extraordinarios. Y gracias a esta experiencia, muchas de esas personas aprenden a disfrutar de las cosas cotidianas en toda su plenitud. Una vez recuperados, su vida cambia para siempre. Se levantan por la mañana, abren las ventanas y empiezan su día maravillándose por el único hecho de estar vivos.
Montse Parejo
Psico-Oncóloga

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